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viernes, 9 de julio de 2010

El abandono.

En un viejo camino vecinal, hallé un perro solitario, su estado era deplorable, llagas, anemia, pulgas y un ojo enfermo. Cuando lo recogí tras ofrecerle comida para que no se asustara más de mi, de lo que ya lo estaba, su ojo sano me miró a derecho, con una mirada mezcla de agradecimiento, dolor y amargura, con la mirada de un despreciado, la misma mirada que había visto en los ojos de los ancianos de las residencias geriatricas, en los ojos de los mendigos en los comedores sociales, en los de los refugiados en campamentos ajenos. Esa mirada que sólo produce el abandono.