‘Un hombre está sentado en una silla al lado de la estufa, mirando distraidamente a las dos gatas. Los animales duermen con los miembros de su familía, pero nunca con sus parejas. Los ritmos humanos son diferentes, van acompañados de unos miedos diferentes. Pero el placer mutuo de las gatas dormidas detrás de la estufa transmite una especie de felicidad que resulta familiar (…)
Solo en su cocina en una noche de invierno, mientras observa soñoliento la cesta que trenzó Jean Marie, el hombre piensa que al igual que los gatos no necesitan dormir con sus parejas, el género de los animales, a diferencia de los humanos, no sugiere una división o una separación en dos partes de algo que en su momento fue sólo una. Sólo los hombres y las mujeres anhelan esa unidad perdida. Las dos gatas sueñan con su propia languidez, su propio calor. Y cuando una lame a la otra es como si estuviera lamiendo una parte de sí misma (…)
La vida se hizo dura y cruel. Tan cruel que los hombres, y en particular las mujeres, se resistían a imponerla la vida a los otros. Era mejor no nacer, era mejor, decían, no dar a luz; y así lo harían. Fue entonces cuando Dios tuvo que inventar todos los actos que prometen placer sexual. Los inventó todos, uno a uno. Y desde entonces, cuando hacen el amor, hombres y mujeres se reconcilían con esta vida y vislumbran otra…’










