He puesto un punto de libro en mi vida. Para no perderme,
para eso se ponen los puntos de libro.
Porque quizás me apetezca volver aquí más adelante,
cuando acabe todo lo que tengo que hacer y deje atrás todo lo que merece ser
sellado herméticamente y sólo quede lavar los platos.
Tengo miedo de perderme por el camino, así que por eso he
puesto este punto de libro.
[En
realidad no es un punto de libro, sino un papel cualquiera, uno en el que pone “Rebajas”,
“Ofertas” o algo así]
Y ahora toca otra cosa, algo más grande, algo distinto
que vendrá con las tormentas de verano.
Pero, por si acaso, dejo aquí este punto de libro.
Ayer pillé a mi mujer leyendo el que se supone que es el
libro de moda. En un primer momento, se avergonzó, no por parecer demasiado mainstream, sino porque la novela en
cuestión versa sobre el sadomasoquismo de alcoba; ella siempre ha sido recatada
y pudorosa, y aquella revelación significaba, como poco, que se tambalease
aquella faceta de mi mujer que menos me excitaba. Pensé
Ésta es la mía.
Y después de un par de horas de amorosa y comprensiva
conversación, le propuse que, por qué no, podíamos probar algo de lo que se cocía
en el libro. Más que nada, por variar, que hartito me tiene la coreografía de
misionero arriba y misionera abajo, que diecisiete años haciendo lo mismo sábado-sí-sábado-no son lo último que me
habría imaginado en mis fantasías de la tierna edad.
Ella dijo que vale.
Ella dijo que vale.
Ella dijo que vale, y yo habría tirado cohetes y tocado
fanfarrias y panderetas de gustarnos a ambos ese tipo de elementos sonoros, que
no es el caso. Y remató diciendo que aquellas cosas había que hacerlas bien, y
que, como en el libro, deberíamos firmar un contrato de sumisión. Eso dijo, y a
mí me dejó que ni fu ni fa, que las cosas legales me espantan más que me
erotizan.
Pero dije que vale.
Y entonces ella se despidió y desapareció durante varias
horas –que ni comimos ese día– y volvió con el contrato y yo, presa de la
ansiedad ya, firmé sin leer.
Y ella lo firmó.
Lo primero ha consistido en dormir en el coche, medio
desnudo y presa del pánico infligido por los cientos de petardos de la noche de
San Juan.
Hay una cosa que me sorprendió –verdaderamente- de ti,
mucho más que esa garita de tu jardín, la locomotora que pasa cada treinta
minutos por tu pasillo o la urna de cenizas de tu abuela.
Recuerdo que no eran todavía las nueve y seguía haciendo
calor y era de muy de día, o bien las farolas estaban ya encendidas y a mí me pareció
que había mucha luz, de ésa que incluso marca las siluetas de la gente como si
fueran pequeñas auras. Me estaba tomando un vermut en mi terraza de los
domingos, a pesar de que no era domingo, y me había pedido atún en escabeche –sin
ti, ya lo sé, pero me apetecía, qué remedio– y entonces llegaste y te sentaste
conmigo y no dijiste nada. Te había comprado un libro y te lo di, y tú te
ilusionaste, y la ilusión te duró hasta que lo abriste y pasaste un par de
páginas. Me acuerdo bien porque fue entonces que arrugaste la nariz y dejaste
el libro sobre la mesa, al lado del atún en escabeche y del vermut, y
comenzaste a buscar algo en tu bolso.
Yo te contemplaba curioso, porque tu bolso podía albergar
cosas como un teléfono antiguo –de los que tenían la rueda aquella de los
números y ese “clinc”– un billete de tren a mañana o un tocadiscos a pilas.
Esta vez sacaste unos prismáticos negros y empezaste a mirar el libro con
ellos.
No te pregunté por qué hiciste eso. Y eso que me sorprendió,
y eso que, mientras mirabas el libro con los prismáticos, lloraste, te reíste,
gritaste de miedo y te estremeciste por el dolor de un pequeño orgasmo –según me
confesaste. Y eso que te envidié, y aún te envidio, por tener esos prismáticos,
y por poder leer con ellos los libros que te regalo.
Me metí en la siguiente salida. Lo hice por no molestar
más, porque en cuarenta kilómetros que llevaba conduciendo por aquella
autopista ya me habían pitado varias decenas de coches e insultado tres
camioneros. Incluso una niña que viajaba en el asiento trasero de un Chevrolet
amarillo decidió lanzarme su helado de café a la cara, renunciando al
previsible placer que iba a suponer su ingesta: supongo que debió parecerle poca
cosa comparado con mi humillación pública.
Mientras me limpiaba los restos del helado que se
escondían en mis fosas nasales, concluí que me lo tenía merecido. No se puede
alquilar un descapotable, pretender conducir por California con tanta pinta de
contable como la mía y salir indemne. A partir de ahora sólo iría por
carreteras secundarias.
Y en efecto, la salida me llevó directamente a lo que sin
duda era una carretera secundaria a ninguna parte en medio del desierto de
Nevada. Qué mejor lugar para perderse después de hundir un banco.
Mientras paladeaba el retrogusto de café, me fui
familiarizando con la pinta que tenía este exilio personal que me rodearía durante
el resto de la vida.
Calor marrón, nada más que eso. Intenso calor marrón. No
era gran cosa.
Algo tendría que inventarme para gastarme los quince
millones de euros que llevaba en el maletero.
Allá
en el fondo de tus ojos,
instantes antes de cerrar los míos,
paz verde y luz dormida Ángel
González
Y ahora que todo es demasiado grande, no encuentro entre
mis palabras nada que se te acerque. Quisiera ser Ángel González y poder dar
lecciones de buen amor y decir que para qué, si las frases son inútiles, si ser
espía de palabras es absurdo cuando lo que quisiera –y ya está, y nada más– es
llegar a tu cuello con mi boca.
Y ahora que vamos a entrar en nuestras murallas a sembrar
recuerdos me da por hojear libros y repasar fiestas y qué pena. Sí, qué pena
que no estuvieras en todo esto, porque ahora lo que nos queda
El resto de la vida
Me parece poco.
Y ahora pienso que tardamos mucho en encontrarnos, por
ser escrupulosos, quizás, o por buscar motivos de orgullo, o por no saber
arrojarnos de trampolines demasiado altos, no sé.
Y ahora, que nos queda
El resto de la vida
Qué pena haber estado lejos y no saber encontrar entre
mis palabras nada que se te acerque.
Porque ahora, que vamos a entrar en nuestras murallas, y
que sólo nos queda
El resto de la vida
Mejor dejar de perseguir palabras que se te acerquen porque
para qué, si lo que quiero es llegar otra vez a tu cuello con mi boca, y que lo que nos queda
Se levantó y, todavía desnuda, se subió a la silla del
estudio y miró por la ventana de su habitación. Al otro lado de la calle habían
plantado varios árboles, unos plátanos que invadían de sombra toda la acera,
incluida la terraza del bar de abajo.
- Qué lástima.
Le gustaba tomar el vermut de los domingos en aquel bar y
le pareció indignante aquella invasión de la naturaleza
o de
la artificialidad natural, más bien, porque los plátanos gozaban de formas
extrañamente homogéneas; mucha mano del hombre se veía ahí
Maldijo un poco todo lo verde, todo lo que daba sombra,
y, por unos segundos, odió los árboles, las plantas y hasta los arbustos de
monte. Bajito, pero lo hizo.
Y entonces fue que le vino el retortijón violento, de tal
intensidad que no tuvo otro remedio que bajar de la silla y ponerse de
cuclillas. No había conocido jamás aquel dolor. Era como si unos cristales pequeñitos
se desintegraran en los ovarios y luego recorrieran todos los intestinos para
fundirse en el estómago.
Creyó perder la conciencia por un instante, justo antes
de sentir el alivio, justo antes de dejar de luchar y derrumbarse, en el mismo
momento en que una extraña hiedra comenzó a brotarle del cuerpo y se le quedaba
pegada en la piel, desde el cuello hasta el final de la espalda, por los pechos
y hasta el pubis.
Cuando todo terminó, se levantó de nuevo, todavía
desnuda. Se subió a la silla del estudio y miró por la ventana de su
habitación.
Al otro lado de la calle habían plantado unos árboles.