Ola de calor


Cuarenta grados a la sombra de máxima en una ciudad en la que lo normal es que a estas alturas de agosto estemos sacando las chaquetas de otoño. Duermo con la ventana abierta, pero en mi cuarto no entra ni una pizca de brisa. Fuera, a las once de la noche, la gente pasea con la chaqueta en la mano a pesar de los veinticinco grados de temperatura. No importa, esto no deja de ser Vitoria. ¿Cómo conocer a alguien de mi tierra en una playa nudista? Es el que lleva el bañador al hombro por si refresca. Reíd, reíd, pero es verdad. Yo he llegado a ir a la piscina con el paraguas en la bolsa.

Otros años, el diez de agosto anuncia el fin de las fiestas y el día en el que la ciudad se convierte en poco más que un conglomerado de calles vacías y comercios cerrados. Suele ser fácil aparcar en cualquier lugar, y el que en agosto no haya que pagar por aparcar en el centro es un pequeño consuelo para los infelices que nos quedamos aquí. Últimamente, sin embargo, no es tan fácil dejar el coche en la puerta de casa porque la gente no se ha marchado, al menos no por mucho tiempo. La mayoría de los comercios y bares están abiertos; como mucho algunos tienen un cartel que anuncia vacaciones de diez miserables días cuando antes se cogían todo el mes. La crisis ha tocado a todos, supongo. Antes diferenciábamos a la clase alta de Vitoria porque iban a las piscinas del Estadio cuando los demás íbamos a Mendi o a Gamarra; ahora sabemos quién tiene "pa gastar" porque se va de vacaciones. Los turistas aumentan, y ahora ya no se quejan de que no hay nada abierto para poder comer un menú del día fuera del hotel. Todavía me llama la atención ver guiris en mi ciudad. Cada vez que veo a uno consultando el plano, me dan ganas de acercarme a ofrecerle mi ayuda y practicar el inglés con un nativo.

Los vitorianos y vitorianas tenemos una especial predilección por quejarnos por todo. Nos quejamos de los inviernos largos, de la nieve y las heladas; nos quejamos cuando llueve, y más aún cuando no llueve; nos quejamos cuando el termómetro marca cuarenta grados en verano y casi lloramos cuando al día siguiente baja a quince. Y eso si hablamos solo del tiempo, porque no entremos ya con la dichosa intermodal o el soterramiento del tren. ¿Y el tranvía? ¡Ay, el tranvía! Tanto quejarse y ahora va lleno. Pero hay que protestar. Eso y la chaqueta en la mano es lo que nos hace vitorianos. Qué le vamos a hacer.

Ensalada fresquita, café con hielo y agua, mucha agua. Qué calor, madre, qué calor, así no se puede estar, esto es inhumano. Si es que aquí, o nos pasamos o no llegamos, no hay quien salga de casa, prefiero el frío a este calor húmedo y pegajoso, vaya verano más horroroso...

La semana que viene os hablaré del frío que hace.

En busca del coche perfecto



Me he comprado un coche.

Así dicho parece uno de esos comentarios que la gente anuncia en Facebook o en twitter, y que una lee con cara de "¿y a mí qué me importa?", pero permitidme que elabore: me he comprado el coche yo sola. Mujer, soltera, treinta y seis años, comprando coche.

Aquí se esconde una historia. La oléis, ¿verdad?

Durante dos meses he conocido a todo tipo de vendedores y vendedoras, y he llegado a la conclusión de que para vender coches antes tienes que haber vendido tu alma. El que no me hablaba de lo bonita e imprescindible que era la equipación más cara, lo guay que era tener bluetooth y qué cómodo el volante de cuero (pasando por encima la información sobre nimiedades, como el gasto de gasolina o que ese modelo en concreto no tenía garantía, y lo de los CV a quién le importa), intentaba colarme una financiación que ni que yo fuera una Koplovitz, o venderme un coche de dos años a precio de nuevo y decirme que era "un chollo, un chollo, no vas a encontrar algo así en ningún sitio". Todos, por supuesto, se dedicaron a meterme prisas porque "esta oferta se acaba en junio y luego sube el IVA y vas a tener que empeñar a tu primer hijo para poder pagarte el coche, y verás tú luego". A la semana de empezar, ya estaba agotada.

La "mejor" vendedora, sin embargo, fue la del coche que más me gustaba y que al final no compré por culpa suya, por gilipollas y por intentar engañarme. Era una chica joven, o al menos se las daba de ello, y en cuanto me vio empezó a tratarme como si yo fuera coleguilla suya en lugar de una clienta, lo que ya me dio mal rollo. Me estaba haciendo el presupuesto cuando en una de estas se gira hacia mí y me suelta, con toda la naturalidad del mundo:

--Buf, es que no veas, esta mañana he estado en el ginecólogo y me ha dejado hecha polvo.

Yo, que tengo problemas de oído, me incliné hacia delante pensando que no la había oído bien. Era imposible que la hubiera oído bien.

--¿Perdón?

--Que he ido al ginecólogo y me ha dejado hecha polvo. Tengo confianza con él y eso, pero es que madre mía, qué cosas me hace. Uy, mira, ya está aquí el coche, vamos a probarlo.

En este punto, como comprenderéis, yo quería huir como la cobarde que soy, pero al final me monté con ella en el coche y escuché la vida y milagros de su hermana, que había conocido a un chico a los cuarenta pasados y estaba encoñadísima (palabras textuales de la chati) y era muy divertido verlos juntos. Me habló del chico, de las tierras que tenía, del braguetazo que había dado su hermana. Y después de aparcar el coche vino el intento de colarme el de dos años, asegurándome que era el mismo modelo que el que acababa de probar (ni de coña, como vi más tarde) y tratando de convencerme de que "con 110 CV no vas a ninguna parte, cógete el 130, mucho mejor, dónde vas a parar".

Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo.

Al final le compré el coche al único vendedor que escuchó lo que le estaba pidiendo desde el principio: quiero un coche ajustado de precio. Él fue directo al ordenador y ni me preguntó qué equipamiento quería; me hizo el presupuesto con el interior más sencillo y en blanco, que era el más barato. Tras probar el coche, prácticamente le dije que le quitara la etiqueta, que me lo llevaba puesto. Creo que el pobre no ha vendido un coche tan rápido en su vida, y sé que podía haber arañado más el precio, pero ya estaba hasta las narices. Al hombre le alegré la tarde.

Aquel mismo día recibí ocho llamadas que no contesté y un email de la chica del otro concesionario para ver si quería ir a probar el coche de dos años. No sé si todavía me estará esperando, preguntándose qué ha hecho mal con alguien a quien tenía en la palma de la mano y que le hubiera comprado el último modelo si le llega a rebajar mil euros.

Diario de una novela, o confesiones de una escritora bipolar en ciernes




Día 0: Principios de octubre. Se me ocurre una idea para una novela. Es la mejor idea desde la invención de las persianas, va a revolucionar el mundo literario y toda la humanidad va a hablar de mí durante décadas. Empiezo a pensar en cómo me voy a quitar a las editoriales de encima. Quizás debería ir pensando en hacer el guión cinematográfico al mismo tiempo que la novela. Me hago una lista de actores buenorros para que la protagonicen.

Día 1: Empiezo a escribir. No he escrito ni guión ni diario de personajes, no he delineado la novela, no he hecho ningún trabajo previo. Solo escribo. Me levanto una hora y media antes de ir a trabajar y me juro a mí misma que éste va a ser mi horario de escritura, pase lo que pase, y que no lo voy a usar para nada más. Tengo sueño. 

Día 5: Empiezo a pensar en mí misma como escritora porque he escrito todos los días. Me imagino yendo a conferencias y participando en tertulias sobre cuyos temas no tengo ni idea, pero a las que me invitan por mi condición de escritora. Empiezo a andar más erguida por la calle. Miro a los demás con superioridad porque soy escritora y ellos no, ja, ja, ja. Me doy cuenta de que escribir por la mañana me pone de mejor humor y voy a trabajar más contenta. Si antes la historia me parecía buena, ahora es cojonuda.

Día 17: La hora y media de escritura por la mañana se ha reducido un pelín. La culpa es del despertador, que le das y vuelve a sonar a los diez minutos. La historia va, pero más bien psé. Empiezo a tener dudas.

Día 31: La historia es una mierda, yo no valgo para esto, no sé en qué estaba pensando, mejor estaba durmiendo. Pero no duermo. Mi cuerpo se ha habituado al horario y me tengo que levantar, y ya que estoy levantada, pues escribo. Mi dosis de café diaria ha subido de cuatro a siete tazas. Leo un estudio que dice que el café es bueno. Menos mal.

Día 45: Odio mi vida. Odio mi ordenador. Odio mi idea. Odio a los personajes. Todo es una mierda. A ver si el mundo explota ya de una bendita vez y no tengo que terminar el churro que a pesar de todo insisto en seguir escribiendo. 

Día 62: Me pregunto qué hacía yo antes de ponerme a escribir esta historia. Me pregunto qué hace por las mañanas la gente que no escribe. Me pregunto qué es eso que llaman dormir. Mi hora y media de las mañanas se ha convertido en una hora, pero ahí sigue. Vuelve a engancharme la idea, al menos la mayor parte del tiempo.

Día 84: Estoy terminando el primer borrador. Estoy tan emocionada que mi hora de escritura al día se ha vuelto a convertir en hora y media por las mañanas y otros cuarenta minutos a la hora de comer. Los personajes han tomado vida en mi cabeza y el mundo de fuera me parece banal y aburrido. Empiezo a pensar que tengo una úlcera por comer tan rápido y beber tanto café.

Día 95: He terminado el primer borrador. Lo leo y no quiero saltar por la ventana ni liarme a martillazos con el ordenador. Paso una semana retocándolo y tomando apuntes de cosas que quiero cambiar. Hago tres copias de seguridad. Decido que es lo mejor que he escrito nunca, aunque eso no signifique mucho porque mi tolerancia es muy baja. Salto un poco por casa. Quizás haya bailado a ritmo de Britney Spears, pero no hay testigos y nunca podréis probarlo.

Día 102: Empiezo a escribir otro proyecto y dejo el anterior macerando, a ver si en el disco duro coge solera. Decido que esta nueva novela va a ser mucho, pero que mucho mejor que la anterior. No veo película, veo serie. De hecho, no voy a poder escribir un solo libro, calculo por lo menos tres o cuatro. Es la mejor idea desde la última buena idea que tuvo nadie. Soy genial. Soy maravillosa. Soy la hostia.

Día 112: Reservo un montón de libros sobre el tema que estoy tratando en Amazon, pero no le doy a comprar.

Día 130: Empiezo a sospechar que esta historia es mucho para mí.

Día 153: Decido mandar el nuevo proyecto a la porra y volver con el antiguo. Echo de menos a los personajes. Releo el primer borrador y vuelvo a pensar que qué bello es vivir.

Día 175: Fin de curso y exámenes de la UNED. Mi agotamiento y mi ánimo son inversamente proporcionales. La historia es una mierda que no hay quien salve. Me rindo. No valgo para esto. La hora de escritura ahora son treinta minutos que empleo en leer los periódicos digitales antes de ir a trabajar. 



Día 210: Vuelvo de un curso en el extranjero con las pilas cargadas. Retomo la historia poco a poco. Escribo una precuela, saco una historia corta de ella. Releo mis notas y decido que los cambios no son para tanto.

Día 230: Primeros de agosto. Termino el segundo borrador. Lo releo y cambio un par de detalles. Decido que es una obra maestra, que va a vender millones y que tengo el Planeta en el bolsillo (y con eso me refiero tanto al premio como a la Tierra). Empiezo a pensar en actores que interpreten a los personajes. Me pregunto si el señor de la foto tendrá libre el calendario del próximo año y cuánto cobrará, por si puedo pagarle de mis emolumentos como escritora de grandes ventas. Decido que igual le mando un mensaje vía twitter; total, ya debe pensar que estoy loca de atar después de todos los que le he enviado.

Esta es la cara que veo cuando me imagino
a uno de mis personajes. Ya, sí,  la motivación
tiene que venir de la historia, bla, bla, bla.
Y una leche. 

Día 230, dos horas más tarde: Me tiro de los pelos y decido que he escrito un churro, que no valgo para esto, que mejor le doy a borrar y empezamos de nuevo. Mando otro tuit al chato de la foto y le digo que mejor lo dejamos.

Día 230, por la noche: Vuelvo a estar convencida de que el dinero y la fama están a punto de llamar a mi puerta, pero que ya puede ir llegando que tengo que pagar el coche nuevo. Decido dejar el borrador macerando y darle un repaso dentro de uno o dos meses. La idea de dejar que alguien lo lea me produce dolor de tripa, aunque quizás sea la úlcera. Cambio de nombre en twitter, no vaya a ser que conteste el otro.

Día 231: Empiezo un nuevo proyecto. Este sí que va a dejar a todo el mundo con la boca abierta. Pienso en el diseño de la portada y en que quizás Sandra Bullock quiera protagonizar la película. Será cuestión de ir buscando el teléfono de su agente para ver qué fechas le vienen bien.