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miércoles, 8 de enero de 2014

LA MÁQUINA NO PARA

Hola amig@s.


Aquí estamos un año más. El 2013 será un año para el recuerdo porque hemos visto realizados varios sueños. Con el nacimiento de Dlorean Ediciones se han publicado un buen número de libros que o son directamente pulp o beben de sus fuentes.


Sin duda hay uno de ellos que es muy especial para mi, La Máquina del Juicio Final. La primera novela protagonizada por los agentes secretos Patrick Steed & Asa Ishikawa. Anoche me acosté con una excelente noticia, se ha agotado la tirada por segunda vez en la editorial. En breve volverá a estar disponible aunque todavía se pueden conseguir ejemplares en cyberdark, Gigamesh, Estudio en Escarlata, Sueños de Papel, El Desván del Leprechaun y resto de librerías que distribuyen libros de Dlorean Ediciones.





Quiero aprovechar para daros las gracias de todo corazón a tod@s por vuestro entusiasta apoyo en esta aventura. Es una inyección de alegría y de entusiasmo ver la buena acogida que está teniendo esta obra. Ya lo he dicho alguna vez pero vuelvo a repetirlo, este es el combustible que me anima a seguir escribiendo. Saber que hay gente por ahí, muchos muy buenos amigos, que disfruta y que se entretiene con las aventuras que escribo. Al mismo tiempo es también una responsabilidad a la hora de continuar con la historia de estos personajes porque no me puedo permitir defraudaros.


Patrick Steed & Asa Ishikawa nacieron con vocación de saga desde el minuto cero. De hecho ya existe una continuación de las aventuras de este duo que se publicó en forma de serial en el blog de Dlorean y que puedes encontrar aquí también. Un serial que como regalo a los seguidores será recopilado en breve en formato ebook con nueva portada de Juanma Cañada Aguilera y que incluirá también las increíbles ilustraciones que realizó Jose Baixauli para el serial. Completamente gratis.








La cosa no va a quedar ahí. Ya estoy enfrascado en la continuación de la saga. Puedo confirmar que este año tendremos un nuevo volumen de las aventuras de Steed & Ishikawa para después del verano, aún sin fecha fija. Esta novela lleva por título provisional La hora del Escorpión y al igual que en su predecesora llevará a los protagonistas por diferentes y exóticos rincones del globo. 





Particularmente en China, aunque no es la que recordamos de los libros de historia. Aquí nos encontraremos con un país dividido por la ocupación japonesa en el que los ingleses fueron expulsados de Hong Kong por el ejército nipón. En este escenario averiguaremos bastantes cosas del misterioso pasado de la kunoichi Asa Ishikawa. Además de que se resolverá la trama que quedó pendiente en el primer volumen y que hace referencia al villano que da título a esta entrega, El Escorpión. Por fin se revelarán sus planes y os aseguro que estos harán temblar al mundo...en más de un sentido.


Una de las fantásticas ilustraciones interiores de Juanma Aguilera donde vemos como unos impresentables Al´Assasin arruinan una estupenda tarde de té en El Cairo a Patrick y Asa


Y hay más proyectos con este fantástico universo de Crónicas Ucrónicas en el que se desarrollan estas historias. Un ebook con un nuevo serial de los personajes que llevará a Patrick y Asa a una convulsa Rumanía en busca del desaparecido profesor Barnaby, con el ejército otomano a las puertas de la invasión. Incluirá también alguna que otra sorpresilla que hará seguir creciendo a este fantástico proyecto. Tenemos madera para rato, esto no ha hecho más que empezar.


A riesgo de parecer pesado, muchas muchas gracias.



Hasta pronto. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (ACTO X)



La cañonera se había puesto en paralelo a la costa. La chica corría con desesperación, al límite de sus fuerzas. Lo que para ella era una distancia considerable, para aquella horrenda cabalgadura y su jinete no significaba más que una carrera. El troll no paraba de proferir taimadas risotadas; estaba a punto de darle alcance. Los megarácnidos corrían detrás de su amo, ganando terreno. Todos dejamos de respirar, con el corazón en un puño.


Entonces tronaron los cañones de Fuego Negro de nuestra nave. Siete grandes bolas de fuego surcaron el éter en dirección a los megarácnidos, retumbando como una tempestad. Antes de que alcanzaran el objetivo, las culebrinas volvieron a escupir la siguiente andanada. El cielo se cubrió de estelas negruzcas instantes previos a la explosión. Con gritos de júbilo contemplamos cómo el terreno se convertía en un rugiente infierno que abrasaba a las bestias como si fueran papel.


El Fuego Negro es muy volátil y al estallar se expande, levantando columnas de fuego a su alrededor. Nada escapa a su furia.


La siguiente ráfaga no se hizo esperar; de nuevo las culebrinas descargaron sus proyectiles de Fuego Negro sobre la llanura atestada de megarácnidos, avivando más el fuego. Desde nuestra posición podíamos sentir las oleadas de calor. Las bestias se consumían sin remedio, envueltas en un mar de llamas.


-¡Sí!- gritaron mis hombres, entusiasmados por el espectáculo.


Justine descubrió nuestra presencia con la primera salva; sin detenerse se dirigió a la orilla, agitando los brazos para llamar nuestra atención. El troll perdió de repente su interés por la chica y tiró bridas con violencia para frenar a su montura, la cual dio un respingo y saltó hacia un lado, lejos de las explosiones.


La cañonera enfiló la plataforma de desembarco hacia la orilla sin dejar de bombardear a las bestias que lograban salir del círculo de fuego. La llanura se había incendiado a la largo de cientos de metros. Entre el fragoroso crepitar de las llamas se escuchaba el lúgubre siseo de los megarácnidos al ser devorados por las intensas llamaradas.


-¡Sargento Herderson, formad por secciones!- ordené, aferrando mi RR-Brand.


-¡Jefes de pelotón, a sus puestos!


Nada más tocar tierra la rampa de desembarco, mi compañía saltó sobre la arena y se dispersó para cubrir a Justine, que se acercaba a nosotros llorando de alegría.


-¡Fuego de cobertura!- clamó el sargento Henderson con su rudo vozarrón.


Las pistolas RR-Brand emitieron sus rayos rojos con agudos restallidos, tiñendo de resplandores carmesí los espacios. Los múltiples objetivos acertados reventaron en una lluvia de pedazos que se esparció en todas direcciones. Conforme las bestias emergían del fuego, constantemente reavivado por las sucesivas descargas de la cañonera, eran neutralizadas por los rayos de las pistolas.


-Venga con nosotros, señorita de Valois, la pondremos a salvo- le dije, protegiéndola con mi brazo para aportarle seguridad-. ¿Y el cabo Torres?


Justine me escrutó con mirada compungida y agitó la cabeza en señal de negación.


-Entiendo. No se preocupe por eso ahora. ¡Sargento, llévesela de aquí!


Los pelotones habían tomado posiciones a lo largo de la rivera, diezmando a los obstinados megarácnidos sin compasión. Una tormenta roja se abatía sobre ellos sin descanso, conteniendo su avance. Estaban atrapadas dentro de un doble fuego.


El troll había emprendido la huida, aterrorizado por la apabullante ofensiva. Su cabalgadura había perdido dos patas a consecuencia de una detonación y el fuego lamía parte de su cuerpo. A los pocos metros se desplomó sin vida, arrojando a su jinete sobre tierra. El troll rodó unos metros y se incorporó lanzando imprecaciones. A una orden suya unas pocas decenas de megarácnidos se replegaron, cerrando filas entorno a su señor. Habían recibido una gran lección.


-¡Retirada!- ordené. Nuestra misión se había cumplido con éxito: habíamos salvado a la chica y derrotado a las bestias.


-¿No acabamos con ellos, mi capitán?- me preguntó el soldado Flanagan, sediento de sangre.


-No, ya es suficiente. Espero que hayan aprendido la lección. No es necesario ser crueles como las bestias, que no conocen la compasión. Si por algo nos distinguimos de ellas es por la humanidad- le sermoneé-. Llegará algún día en que quizás se restablezca el equilibrio y ambas especies podamos convivir sin atacarnos mutuamente.


¡Game Over!


¡Congratulations, capitán Pons!


¡Try the next Game!




Libro de Hob


Entrada del 2.05.1378. Era de La Bestia.


¡Mía es la venganza!


Cuando tomé conciencia en la Tierra mi marido me recibió con un afectuoso abrazo, como si no me hubiera visto en años. La preocupación estaba grabada en su cara.


-¡Oh, cielo, qué angustia he pasado, creí que no lo contabas!- me dijo, totalmente alterado. Nunca lo había visto así.


-Es solo un juego- le contesté, devolviéndole un beso. A veces, él se lo tomaba tan en serio como en la vida real. No sé si era por su vena militar o qué.


-Ya lo sé, cielo, pero aunque se trate de un juego no podría soportar que te mataran.


Nos sentamos sobre el sofá del salón. Me fijé en que la pantalla holográfica del tablet estaba desplegada y operativa. Parecía que estaba siguiendo una partida que acababa de terminar.


-¿Qué ha ocurrido?, te perdí en los subterráneos- le pregunté.


-¡Oh, cielo, no te lo vas a creer ha sido alucinante!- profirió entusiasmado como un niño.


La verdad, cuando se ponía así, se me olvidaba todo y me entraban ganas de apretujarlo y llenarlo de besos.


-Cuéntame.


-Esos malvados rodents acabaron conmigo...


-¡Oh, Ignacio, cuánto lo siento!- le interrumpí; sabía lo mucho que le gustaba ese personaje.


-Sí, ya, un fastidio, pero no te preocupes. Pronto volveré a tener uno similar. El caso es que cuando te raptaron aquellas ratas pedí ayuda en el foro, ¿y a que no sabes quién acudió?- se le iluminó la cara. Yo negué como si no lo supiera ya-. ¡El Autarka, nada más y nada menos! ¡Santo Cielo, no me lo podía creer. Y luego mi compañero Ángel, ya sabes, el capitán Pons, se sumó al rescate! ¡Dios, qué partida!


Casi no me dejaba hablar a mí.


-El Autarka murió para salvarte a ti, ¿sabes?


-¡Pues claro que lo sé!, también estaba allí, ¿recuerdas?


-He seguido todos vuestros pasos a través de la pantalla. ¿Cómo fue, qué sentiste, pasaste miedo?


-La verdad es que he pasado momentos de angustia allí dentro. No sabía qué me iban a hacer los rodents, pero cuando apareció el Autarka me tranquilicé mucho. Luego nos atacaron todas esas arañas gigantescas y otra vez pasé un miedo terrible. Menos mal que apareció tu amigo, el capitán Pons y me salvo, sino, ese troll terrorífico me las habría hecho pasar canutas.


-¡Sí, viva la Infantería de Marina!


-Bueno, ahora ya está, debemos descansar un poco y salir a pasear o dentro de poco estaremos más tiempo en HOB que en la Tierra.


-Aquí solo estamos para repostar- citó la celebre frase que utilizaban los más adeptos al juego.


La verdad es que el Virtual WarGame se había impuesto en la sociedad. Mucha gente lo había dejado todo para dedicarse en exclusiva a él. Aunque yo eso lo encuentro excesivo; pero, en fin, allá cada cuál.


La única pega que le encontraba era que muchos aseguraban que era un juego para hombres, que las mujeres eran débiles y asustadizas y que no tenían cabida en HOB por su violencia. A mí esas cosas de machistas, igual que esos clubs de caballeros donde les impedían el ingreso a las mujeres, me daban mucha risa. ¡Como si una mujer no se supiera valer por sí misma!


Estoy de acuerdo que lo nuestro no es la fuerza bruta del Cro-magnon; lo nuestro es más sutil, más refinado, pero conseguimos igualmente nuestras metas. Es simplemente otro estilo de hacer las cosas. Aunque algunos se sientan amenazados por nuestra inteligencia.


Digo todo esto porque me he propuesto demostrarlo con la siguiente partida.


Tras mi llegada a la Tierra no quise alterar más de lo que ya estaba a mi marido, quien siente debilidad por la lucha desde que perdió el brazo en campaña, pero por dentro ardía en deseos de vengarme del rodent que había causado la muerte de su personaje en HOB y todo aquel miedo que me hizo sufrir, hay gente desconsiderada que no piensa en los demás, solo en ascender y ascender para obtener el carné profesional.


La culpa la tiene la compañía, con eso de la libertad de mercado, que carece de escrúpulos a la hora de enriquecerse. Desde que ofrecen acciones de Media Games a los que logran llegar a OmniNivel de Segundo Rango, lo que en HOB equivale a convertirse en dios y ascender a Selene, o sea, a la junta directiva, millones de personas se dedican a jugar como locas con tal de obtener ese premio. Yo no me lo acabo de creer, pero dicen que uno lo ha logrado, un tal Von Lieber, que en la Tierra no tengo idea de quién es.


El caso es que por la noche, mientras Ignacio dormía, yo no paré de darle vueltas al asunto. Antes de quedarme dormida ya había decidido lo que iba a hacer la mañana siguiente, que era festivo, cuando me despertara.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (IX)




Esa mañana el cabo Torres no se había presentado en el cuartel después de su permiso. Me pregunté qué le habría podido pasar, él nunca faltaba a su puesto y pensar en la deserción era a todo punto impensable. Lo más seguro era, pensé con una sonrisa, que se hubiera retrasado después de apurar la noche con su chica, a la que hacía algún tiempo que no veía.


La vida del militar es dura en Hob. La lucha contra las bestias no nos deja espacio para nosotros mismos, pero es lo que debemos hacer para asegurar la supervivencia de la Segunda Humanidad. Ahora ya no somos nosotros la especie dominante en Nueva Pangea. Es nuestro más sagrado deber luchar con todas nuestras fuerzas para preservar las vidas de nuestros seres queridos. No importa lo dura que sea esta vida, la mayor recompensa es vivir un día más sabiendo que nuestros esfuerzos son recompensados.


En unas horas teníamos que salir a patrullar en la cañonera de la Armada, como era costumbre, para prevenir posibles invasiones de bestias, procedentes de la orilla sur del Medíter, territorio en poder de las bestias. Nuestra vigilancia era crucial para detectar amenazas a tiempo y erradicarlas. Justamente por esa razón le habían dado permiso al cabo Torres, por su valerosa actuación contra un desafortunado desembarco de bestias a este lado del Medíter que había tenido lugar días atrás.


¡No hay paz en Hob, las bestias se reagrupan!


Mandé al soldado Fernández a buscarlo a su casa para evitarle un arresto o algo peor si nuestro comandante se enteraba. Por mucho aprecio que le profesara, el deber estaba por encima de toda cuestión y no se podían permitir negligencias porque ello podría significar muchas vidas.


El soldado Fernández regresó sin noticias del paradero del cabo, hecho que me extrañó en demasía. Algo malo le había ocurrido: de repente un azaroso sentimiento me invadió. Y no solamente eso, sino además que Justine también había desaparecido. Lo último que se sabía de ellos era que habían sido vistos por última vez entrando en la vieja ermita de las afueras.


Entonces lo tuve claro, un presentimiento me atravesó como una flecha: se habían internado en las catacumbas y los rodents los habían sorprendido. Conocía la imaginación del cabo Torres, aún un muchacho, con muchas fantasías de tesoros y armas mágicas en la cabeza. ¡Ay, qué insensato. Y mira que le previne de lo peligroso de internarse por esos corredores infestados de rodents! ¡Pero es que los jóvenes no escuchan, siempre con sus sueños!


Notifiqué mis temores al comandante, solicitándole permiso para efectuar una batida; pero hallé su tajante negativa:


-¡No tenemos tiempo para juegos de incautos e irresponsables, capitán! Su deber es cumplir lo que se le ha ordenado para la jornada de hoy. Si el chico no aparece en unos días, consideraré de nuevo su petición.


Así de conciso me despachó. Y yo, que entendía su posición, me dirigí a mi destino sin rechistar. Una orden era una orden, no había nada que hacer por el momento. Recé para que al cabo no le hubiera sucedido nada malo.


Nuestro cometido para aquel día era hacer de apoyo a la Marina por si debíamos realizar un desembarco para hacer frente a una incursión. Rutina.


A eso del mediodía mi compañía se hallaba a bordo de la cañonera. Jugábamos a las cartas y reíamos en perfecta camaradería, esperando el fin de la jornada para volver a casa. Yo no había podido dejar de pensar en el cabo Elías y en Justine. ¿Qué les habrá podido pasar? No podía quitarme de la cabeza la sensación de que los rodents andaban detrás de su misteriosa desaparición.


Hasta que una voz me sacó de mi ensimismamiento.


-Venga a ver esto, mi Capitán- me anunció un marinero.


Subí a cubierta a toda prisa, embargado por ese aciago presentimiento.


El comandante de la cañonera me esperaba ansioso. Antes de que pudiera preguntar me dijo:


-Capitán Pons, hemos detectado señales de lucha a estribor, prepare a sus hombres para entrar en acción.


Aquello no me sorprendió lo más mínimo.


-¿Tenemos notificación de movimiento de tropas en ese sector?- pregunté.


-No, presumo que son diferentes razas de bestias que pelean entre sí.


Aunque nuestras tropas no estuvieran involucradas en el combate, la amenaza era tangible; el vencedor se encaminaría a Pitya para cobrarse su botín. No era infrecuente que las bestias se mataran entre sí por disputarse su comida, que era cómo nos consideraban a nosotros: pura y simple carnaza para sus estómagos.


-Estaremos listos en unos minutos, mi comandante.


La cañonera viró rumbo a tierra. Desde la plataforma de desembarco podíamos vislumbrar las explosiones producidas por las pistolas Ray-Brand. Su sonido era inconfundible, atronador, pero menos ruidoso que un arcabuz de Magia Negra. Por la frecuencia de disparos no parecían ser demasiados luchadores.


Mis hombres estaban tranquilos, antes de tocar tierra la cañonera desplegaría su devastadora potencia de fuego, ¡Eso sí que producía estruendo! Luego, nosotros abatiríamos a los supervivientes con nuestras nuevas pistolas RR-Brand.


Ardíamos en deseos de probarlas. Las Red Ray-Brand o RR-Brand, como las llamábamos nosotros, eran lo último y más sofisticado que la ingeniería de guerra de los theosianos había concebido.


Los sacerdotes theosianos se devanaban los sesos para proporcionarnos armas efectivas contra las bestias, que no dudaban en recurrir a depravados experimentos con Magia para mutar sus cuerpos y aumentar su inteligencia, como era el caso de los dwergos, que concebían las más maquiavélicas armas para destruirnos o dominarnos. Era una lucha de voluntades la que mantenían los theosianos con los dwergos por la fabricación del arma más mortífera.


Las RR-Brand disparaban un rayo rojo que traspasaba las superficies más resistentes. Al contacto con la piel cortaba y cauterizaba a la vez con una precisión asombrosa. Un solo disparo era capaz de fulminar a media docena de bestias en grupo. En comparación con las viejas Ray-Brand, que disparaban bolas de fuego, originadas por la piedra de Magia Negra de su interior, estas armas permitían efectuar cientos de disparos sin tener que recargar como les sucedía a las anteriores.


El mecanismo, según las explicaciones más básicas, era sencillo: un rubí colocado en la parte interna del cañón filtraba la energía producida por la combustión de la Magia Negra. La energía se canalizaba en un potente rayo al atravesar la piedra, la cual aumentaba su potencia de modo espectacular.


Todavía no era el arma estándar del ejército, pero pronto todas las unidades gozarían de ellas. Por el momento solo las unidades especiales, como la Infantería de Marina o los Akritas, disponían de ellas. A nosotros nos las acababan de entregar hacía unos días.


Al sobrepasar una loma pudimos presenciar el combate. Lo que vimos nos heló la sangre y nos dejó estupefactos. Un solo hombre, pero de proporciones desmesuradas, se enfrentaba en solitario a una hueste inacabable de megarácnidos de combate, una espeluznante bestia del tamaño de un mamutte. En un gesto colectivo, mis hombres y yo tragamos saliva al contemplar la terrible escena.


-¿Es el Autarka?- murmuró alguien.


-¡Sí, es él!- contestó otro, entre la admiración y la aprensión.


El Autarka era un poderoso guerrero que luchaba contra las bestias, el cual había sido declarado hereje por el theógono Castos Vilitja por emplear métodos prohibidos en la lucha. No dudaba en ingerir Magia para adquirir más poder y sanarse las heridas, cosa que atentaba contra todas las leyes divinas, impuestas por Theos, nuestro Señor.


Conmovidos por el horrendo espectáculo, presenciamos cómo pugnaba heroicamente contra las bestias, blandiendo un par de hachas fabricadas con Magia. Las mortíferas armas estaban incandescentes y trazaban rojas estelas en el aire, fundiendo a sus víctimas como si fuera lava. En derredor del Autarka se originaba un gran rastro de destrucción. Causaba pavor su furor combativo; sus gritos enfervorecidos llegaban nítidos hasta nosotros.


Y también sus alaridos de dolor inhumano. Los megarácnidos, que cubrían la arena como una lóbrega manta de colores negros y amarillos, se abalanzaban sobre el Autarka a centenares, enterrándolo bajo su número. Ninguno de nosotros quisimos mirar cuando su vida acabó entre indecibles padecimientos y hórridos gritos que tardaremos mucho tiempo en olvidar.


Sobrevivo un sepulcral silencio en honor de aquel guerrero, si bien un hereje por sus prácticas degeneradas, todo un valiente y arrojado luchador al que debíamos un respeto.


-¡Mi capitán! ¿Qué es eso de ahí?- señaló el soldado Cadwell-. ¡Que me aspen si no es una mujer!


-¡No puede ser una mujer! ¿Qué va a hacer allí una mujer sola, en medio de una batalla?- discrepó el soldado Fresnos.


Agucé la vista, presa de un amargo presentimiento. Yo si me imaginaba qué podría estar haciendo allí: huir. Con un estremecimiento identifiqué a la mujer que corría desesperada, ¡Era Justine!


-¡Oh, mierda, la han descubierto!- gritó el soldado Flanagan.


En tanto los megarácnidos acababan con la vida del Autarka, el comandante de aquellas bestias, un troll descomunal montado en una repugnante cabalgadura, dirigía su montura hacia ella, con una aviesa sonrisa en su aterrador rostro. Su enorme bocaza se abría para emitir una grotesca carcajada que resonó en los espacios.


-¡Corre, corre!- gritaron mis hombres, impotentes, manifestando su horror en sus ojos dilatados.


Hecho pedazos el Autarka, el resto de la hueste partió detrás de su cabecilla, dejando miles de cadáveres en medio de un campo de batalla renegrido y humeante. Todavía se podían contar a cientos los megarácnidos que se desplegaban por el terreno con su impresionante tamaño.


CONTINUARÁ....

jueves, 21 de noviembre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (VIII)




Los megarácnidos lo habían sepultado completamente. Los fulgores del hacha se habían extinguido entre la masa bullente. Mas aquello no era su fin; todavía guardaba una carta de triunfo. El Autarka se debatía frenéticamente bajo ella, acuchillando indiscriminadamente con su puñal de magiacero, que escindía las cortezas de las bestias como si se tratara de mantequilla. Estaba totalmente impregnado de icor espeso y maloliente, como recubierto de cera.


Entonces se tragó los dos pedazos de Cristal de Magia que había guardado para el momento final, para la apoteosis.


El Cristal de Magia era la energía más poderosa que se conocía en Nueva Pangea, proveniente de las entrañas del planeta. Energía vital con la que la diosa Gaia había dado vida a todo lo que le rodeaba. Por la ley de Theos a los humanos no les estaba permitido hacer uso de ese poder, que provocaba horrendas mutaciones, pero el Autarka estaba más allá de cualquier convención y de cualquier norma. Para él la religión no significaba nada.


El ingente montículo de megarácnidos se convulsionó como si hubiera tomado un revulsivo. Se escuchó un grito brutal desde sus profundidades y de pronto cientos de megarácnidos salieron despedidos por los aires como en una erupción. En el centro del cráter se erguía, enhiesto y poderoso, el Autarka, que había redoblado sus fuerzas gracias a la Magia cristalizada. Sus profundos cortes se habían cicatrizado y el brazo amputado se había regenerado; un halo azulado de energía le revestía, crepitando sonoramente, el cual emanaba ondas energéticas en derredor.


Decenas de megarácnidos entraron en combustión al ser alcanzados por aquellas ondas. El terreno alrededor al Autarka quedó despejado de bestias; una alfombra de cenizas carbonizadas lo tiznaba de negro. La expresión del guerrero era cruel, sus ojos centelleaban como luceros, registrando entorno con desafío, en busca de su enemigo.


-¡Da la cara, cobarde!- le conminó a luchar, torciendo el gesto con desprecio.


WinsTroll palideció ante aquella muestra de poder. Ningún enemigo había sido capaz de resistir una carga de sus megarácnidos.


-No- le contestó, recuperando la confianza cuando observó que sus criaturas retomaban el ataque-, para eso las tengo a ellas. ¡Y son legión!


Aunque había matado a cientos, todavía quedaban más del doble de megarácnidos. Esta vez parecía que algo las había enfurecido de verdad y se aproximaban emitiendo un agudo chillido que reventaba los tímpanos.


El Autarka aguantó el dolor con estoicismo, aprestándose para la última batalla. Si se hubiera enfrentado a bestias normales como los porkos o los caprens quizá hubiera sobrevivido, pero contra esos bichos enormes su muerte estaba firmada. No había ingerido el Cristal del Poder para salvarse, lo había hecho para revivir de nuevo el dolor de una muerte atroz, para alargar esa sensación sin par y paladear hasta el último instante de agonía. Ése era el propósito de su existencia.


Oleada tras oleada los megarácnidos cayeron sobre él. Armado con sus cuchillos de magiacero, el Autarka los repelía con furia, bramando como un poseso. Se giraba con una velocidad imposible, impelido por el poder de la Magia que circulaba en su interior. Una tras otra, las ciclópeas bestias se apagaban a su alrededor, creando un cúmulo creciente, que ascendía y ascendía.


Pero el Autarka no era un dios, no tenía poderes ilimitados. Cada corte, cada mordedura, le debilitaban poco a poco, agotándole las energías. Sus reflejos menguaron; su agilidad también; la sangre brotaba de innumerables heridas, provocándole exquisito escozor. Había entrado en un estado de éxtasis; recibía las nuevas heridas con un estallido de placer, una epifanía que manifestaba con desvariadas risas.


Dos pares de colmillos se hundieron en su figura; uno en la pierna y otro en el hombro. El veneno inyectado abrasó su organismo, consumiendo la energía de la Magia. Notó que sus miembros se paralizaban. Más colmillos se clavaron en su carne ensangrentada. Las cotas de dolor eran insoportables para cualquier ser vivo. Pero el Autarka gozaba como nunca, acuchillando a sus atacantes con saña hasta que la rigidez lo paralizó del todo. Más y más mandíbulas se cerraron entorno a su cuerpo, despedazando porciones de considerables de carne. ¡Placer infinito!


-¡Ja, ja, ja, ja!- escuchó las carcajadas de WinsTroll mientras contemplaba divertido su cruento final.


El Autarka vislumbró a través de la roja bruma que cegaba su vista cómo el troll dirigía su bestial montura en dirección a la chica mientras una docena de patas como guadañas lo descuartizaban.


-¡No es justo!- exclamó con su último suspiro.


En Hob las cosas eran así; en ocasiones ganaba el más inesperado y las acciones más justas se truncaban a favor del menos pensado.


-¡Yo gano!- exclamó, triunfante, el Trollensis.



¡Game Over!


¡Congratulations WinsTroll!









El Libro de Hob

Entrada del 01.05.1378. Era de La Bestia.

Rescate en Pitya.




Yo quisiera romper una lanza a favor de este emocionante juego, tan denostado por la sociedad últimamente, que todos conocen como Virtual WarGame. Al contrario de lo que muchos aseguran, como ese tremendista del Blog la Luz entre Tinieblas, en este juego impera la deportividad y la camaradería entre los jugadores, así como los sentimientos de amistad y nobleza. No se nos puede criticar a todos porque unos cuantos locos hayan decidido tener aquí su particular cobijo o para que algunas personas de espíritu corrompido tengan un lugar donde cometer sus malas acciones.


Intentaré relatar en breves líneas mi experiencia en HOB para dar una muestra de lo que digo.


En la vida real soy Ángel Puig, sargento mayor de Infantería de Marina, destinado en el Tear, en San Fernando de Cádiz, en España. Y en HOB soy el capitán Emilio Pons, de la Infantería de Marina del primarcado, en los Tercios de Spance, destinado en Pitya, al extremo suroeste del Méditer, tocando con el territorio hostil del Marrak, tierra de bestias.


Este increíble juego me sirve para perfeccionar mis aptitudes como soldado, pues, por extraño que parezca, algo de lo vivido allí se queda grabado en tu experiencia vital de modo que si eliges bien tu personaje y entrenas duro, puedes adquirir destrezas y conocimientos de combate que luego te pueden servir aquí. Eso no quiere decir que nos volvamos todos locos y acabemos matando a la gente por la calle en una especie de delirio. Los excepcionales casos que se han dado son producto de alguna patología en la mente de los jugadores antes de saltar a HOB, no del juego en sí mismo. Habría que someter a estudio a esos individuos para establecer su nivel de cordura antes de meternos a todos los demás en el mismo saco.


Cuando recibí el mensaje de S.O.S. del cabo Elías Torres, en la Tierra Ignacio Torrent, sentí una profunda aflicción y no dudé un solo segundo en ayudarle a rescatar a su chica, que había sido raptada por los rodents en HOB.


Yo ya conocía en la vida real a Ignacio Torrent, infante de marina como yo y veterano de guerra, que perdió su brazo en el conflicto armado de los protectorados. Ambos luchamos juntos en él durante los primeros meses de su desarrollo.


Por esa razón y por su calidad como persona, estaba obligado a intervenir.


Me puse de inmediato en contacto con él, ofreciendo mi desinteresada ayuda, para conocer más detalles de lo ocurrido. Necesitaba saberlo de primera mano, a veces los sucesos de HOB se desvirtúan o se tergiversan a favor de la emoción del juego.


El holograma de su imagen apareció en la pantalla desplegable del H-Tab, su semblante estaba alterado y se podía apreciar bien la consternación en su tono. Me dijo que su personaje había fenecido en manos de los rodents y que se habían llevado a su chica en HOB, que es su mujer en la Tierra. Le aseguré que movilizaría a mis hombres en HOB y efectuaríamos una batida por los subterráneos hasta dar con ellos y cuando los encontráramos, procederíamos a una acción punitiva para que no salieran nunca más de sus fronteras.


El difunto cabo Elías me confirmó que no sería necesario emprender tal acción ya que un personaje de Alto Nivel, que podría ser ProGamer por su puntuación, conocido como el Autarka, le había enviado un mensaje, comprometiéndose a rescatar a su chica.


A cualquier jugador con un mínimo de experiencia en HOB le es familiar ese nombre. El Autarka es célebre por sus batallas perdidas y sus misiones imposibles. No se conoce mucho de él en la vida real, pero en HOB es un poderoso aliado de la Segunda Humanidad, aunque, como su apelativo indica, lucha para él mismo, desdeñando la gloria y la fama que todos perseguimos en este juego.


Se dice que es un asesino psicópata que trabajaba para la U.E. hasta que perdió la cabeza y tuvieron que encerrarlo. También se dice, y no es menos fiable, que en realidad juega para satisfacer su retorcida adicción al dolor y al asesinato y que en el Virtual WarGame ha encontrado su elemento para llevarlo a cabo sin perjudicar a los demás.


A mí las habladurías me tienen sin cuidado, lo que sí que es cierto es que el Autarka no es un personaje muy fiable, dado su egoísmo e individualidad a la hora de jugar. Nunca acepta ayudas y a veces actúa de forma imprevisible, según su cambiante capricho.


Era más que probable que el Autarka, en su presunción, no hubiera visto el Post que había colgado el rodent y que no pudiera completar con éxito su misión. Conociendo a los rodents, seguro que preparaba algo, y no bueno. Por ello se hacía del todo imprescindible mi participación en este escabroso y desafortunado incidente.


Acabé la conversación con mi excompañero prometiéndole que le traeríamos de vuelta a Justine, que no se preocupase de nada más y que se relajara disfrutando de la partida, tranquilamente en su salón.


Existen muchos modos de prepararse la partida antes de saltar a HOB. Unos buscan información y detalles que les puedan servir de ayuda para lograr sus objetivos. Se pactan alianzas, se buscan nuevos amigos, los puntos débiles del contrincante; en definitiva todo aquello que pueda ser de utilidad. Aunque yo soy de los que no les gusta abusar de la información para obtener ventaja; es como hacer una especie de trampas.


Así que programé mi misión con el mínimo de detalles y me dispuse a saltar...



...CONTINUARÁ

miércoles, 13 de noviembre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (ACTO VII)

     



      WinsTroll estaba poseído por la negra furia. ¡Aquel maldito sapiens estaba diezmando su hueste con armas sónicas! ¿Acaso los dwergos le habían traicionado, aliándose con los sapiens para quedarse con su rebaño? Cuando les pusiera las manos encima se iban a enterar de quién era él y de por qué le llamaban, no en vano, el Irascible. Pero eso ahora daba igual, primero se encargaría de proporcionar los más impensables sufrimientos a ese desgraciado, y, cuando solo quedaran pedacitos de su cuerpo, ya ajustaría cuentas con los dwergos.


     ¿Dónde se había metido? ¿Se había ocultado bajo tierra como esas ratas de los rodents? ¿Y si todo era un plan orquestado por ese intrigante de Roddor para causarle la ruina? Era bien sabido que el resto de Bestiae le profesaba grande ojeriza y que continuamente tramaban insidiosos planes para arrebatarle el poder. ¡Pero no lo conseguirían, no conocían la furia de un Trollensis! ¡Que intentaran plantar sus patéticas caras delante de WinsTroll y verían cuán atroz era su final!


     Las largas patas de su montura se clavaban entre las piedras, sorteando a los guerreros que correteaban bajo ellas. Desde su elevada posición el troll tenía una visión estratégica de lo que les rodeaba. Los megarácnidos se movían de un lado para otro, inquietos, pugnando por encontrar el rastro del sapiens arrogante que se hacía llamar, ¿cómo había dicho la voz?, el Autarka. WinsTroll no tenía ni idea de qué podía significar eso, pero reconocía que sonaba sombrío y amenazador. ¿Qué era, un dios o algo así, que podía despistar a sus guerreros como si se hubiera evaporado en el aire?


     -¡Ah, ahí estás, malandrín, ya has salido de tu agujero!


        Sobre unas rocas a su derecha, se alzaba una figura desafiante, teñida por el rojo oscuro de la sangre seca, cuya barba y melena se agitaban al viento como un ominoso gallardete. Lo escrutaba con fría determinación, sin que nada conmoviera sus rasgos impávidos, retándolo con su mirara desafiante. En sus manos sostenía dos pistolas sónicas pero no eran las únicas armas que portaba. Sobre el pecho se distinguían dos pistolas Ray-Brand y tras la espalda descomunal asomaban las hojas negras de dos hachas. Un oponente formidable.


        WinsTroll experimentó un temblor al contemplar la templanza y la seguridad que emanaban de su gigantesca figura. Tragó saliva para humedecer su garganta de repente seca. Nunca había visto un sapiens de ese tamaño y esa fortaleza. En ese breve lapso de temor la voz resonó en su interior: ¡Mata, mata, mata!


        Se serenó un tanto cuando los megarácnidos se digirieron en masa hacia su objetivo; un océano de patas que desprendía fulgurantes tonos amarillos y negros.


***


    El Autarka, erguido con altivez sobre las peñas, clavó su férrea mirada en el Troll y su monumental montura sin inmutase. Había llegado el momento de la verdad, lo único por lo que merecía la pena morir: por la emoción experimentada en el campo de batalla. Nada podía igualarse a esos segundos de agonía, cuando la vida abandonaba tu cuerpo y saboreabas la inminencia de la muerte. Esperaba que esa ocasión le brindara las más inalcanzables cotas del sufrimiento.


      Los megarácnidos abrieron su formación y rodearon el promontorio. Eran miles, enormes como bueyes, con centelleantes ojos rebosantes de maldad y mandíbulas aterradoras, capaces de partir en dos a un toroceronte. No tenía escapatoria. Aunque eso no le causó impresión: era lo que deseaba más fervientemente. Echó un postrer vistazo hacia el río para asegurarse de que la chica corría a salvo, sin perseguidores, y luego esbozó una aviesa sonrisa, levantando parsimoniosamente sus pistolas sónicas hacia el enemigo, que estrechaba el círculo a pasos agigantados.


      -¡Va a ser una espléndida batalla!


      Y disparó.


    Entonces, sin soltar el dedo del percutor, puso los brazos en cruz. Rotó como las aspas de un molino, girando y girando sin parar. Las ondas de infrasonidos lo barrían todo a diez metros a la redonda. Los megarácnidos continuaban su avance, indolentes a la destrucción, saliendo despedidos en todas direcciones, bien hechos pedazos, bien reventados como melones. La base del peñasco se cubría de restos viscosos de su icor verdoso; el aire se saturó de un insoportable hedor a vísceras y entrañas; partículas amarillas y negras volaban como silenciosos cometas.


     Pero la marea seguía subiendo; un mar de peludas bestias anegaba el terreno circundante, metro a metro, cubriendo el islote de piedra en el que se alzaba el Autarka, quien había adoptado una expresión de éxtasis en su semblante contraído.


   Cuando las pistolas sónicas se negaron a funcionar, impertérrito, las desechó con un gesto desdeñoso y empuñó el otro par que pendía de su arnés. Sus ojos estaban poseídos, la sangre le hervía de la exultación; un placer de inefable voluptuosidad le excitaba los ánimos, cada vez más exaltados. De esa manera siguió disparando a su alrededor, deleitándose con cada megarácnido que eliminaba.


      Las Ray-Brand escupían una bola de fuego fuliginoso provocado por la munición de Magia Negra con que se recargaban. El blanco alcanzado estallaba en una masa de fuego que se expandía a su alrededor, cauterizando y abrasando lo que se encontraba a un radio de medio metro. No eran tan devastadoras como las pistolas sónicas pero causaban un gran estruendo que confundía a las bestias, que sentían pavor por las llamas.


    Los megarácnidos no demostraban miedo hacia el fuego continuado de las Ray-Brand, aunque sí rompían la compacta formación para eludir sus bolas de fuego. Considerables brechas se abrieron en aquel amasijo moviente de reflejos amarillos y negros. Las explosiones fulguraban en sus miles de pupilas como lóbregas estrellas. Los inflados cuerpos de las bestias se arrugaban al ser lamidos por las llamas, pataleando espasmódicamente en el aire. Un cúmulo de cuerpos humeantes y carbonizados se comenzaba a erguir en la base del peñasco.


     El Autarka gritaba enajenado de júbilo, mientras más y más megarácnidos subían por el creciente montón, en medio de las atronadoras detonaciones. No podía abarcar su alrededor con la misma eficiencia de antes y estaba comenzando a ser desbordado por su inacabable contingente.


   WinsTroll reía desde su montura, disfrutando con el espectáculo; aquel circo de colores era tan semejante a sus calidoscopios. No le importaban las cuantiosas bajas que estaba sufriendo su hueste. Eso haría más sabroso el momento en el que lo despiezasen como a un Caprensis.


    De repente las pistolas Ray-Bran agotaron su carga y enmudecieron. No había tiempo de recargar. En el segundo que tardó en soltarlas y blandir las hachas de su espalda, los megarácnidos ya habían ganado su posición sobre la cumbre de la roca.


      El Autarka pegó un poderoso salto, escapando de un par de mandíbulas que se cerraron en el aire donde antes había estado su pierna, y aterrizó sobre el amasijo abrasado de abajo, levantando una nube de ceniza. Corrió en dirección Norte para alejar al máximo posible el escenario de la lucha de Justine, quien todavía corría riesgo de ser descubierta.


  Las hachas de Porko comenzaron a cobrar incandescencia en las manos del Autarka, convirtiéndose en poderosas armas de destrucción masiva. Las runas de Magia de sus hojas emitían fúlgidos resplandores, envolviendo su cuerpo en una película luminosa. Todo lo que entraba en contacto con ella se prendía al instante.


    -¡Vamos, esto acaba de comenzar!- retaba a los megarácnidos, fulminando con la vista al troll, quien de pronto enmudeció y trocó su rictus de alegría por una lividez de muerte.


     El Autarka estaba completamente rodeado; los megarácnidos, atraídos por el resplandor de su hacha, confluían en él, pasando unas sobre otras en la agonía de acabar con su presa. Su inexorable avance amenazaba con sumergirlo bajo la frenética avalancha de patas y mandíbulas. El suelo, coloreado de vivos tonos amarillos y negros, parecía moverse bajo los pies del guerrero, cuyos brazos subían y bajaban como un autómata, hendiendo los cuerpos peludos de sus atacantes. Las hachas zumbaban una aciaga letanía, describiendo arcos luminosos; una estela de humo las perseguía, en tanto que las runas parecían flotar en el ambiente, como mensajes de destrucción.


    Cada golpe, cada hachazo, generaba un estallido de luz; decenas y decenas de megarácnidos ardían por los aires, partidos en mil pedazos. La furia del Autarka era implacable. El fragor del combate había poseído su alma; era un trance sublime del que no quería salir. Cada muerte que infligía vigorizaba su ser, le infundía nuevas fuerzas, le mecía en su éxtasis terrenal.


    Sin embargo sus enemigos seguían llegando sin descanso. Ya casi lo habían enterrado bajo su número. Resplandores ígneos se filtraban a través de la marabunta, como los latidos de un ser monstruoso.


    -¡Arrrggghhh!- bramó de placer cuando una acerada pata le traspasó el hombro.


    ¡Por fin! Ahora le tocaba el turno al dolor; a esa deliciosa sensación que obnubilaba su mente de incomparable agonía.


    Luego una mandíbula le cercenó el brazo por el codo: otro alarido de suntuosidad extrema. El hacha cayó al suelo junto con la mano que la aferraba. Pero todavía podía luchar; le quedaba la otra mano. Mientras sangraba profusamente por el muñón, asestó un golpe tras otro con el brazo sano, disfrutando de todos y cada una de las oleadas de dolor que le torturaban. ¡Así perecía un guerrero, sin lamentaciones, sin miedos, saboreando la gloria de su hazaña!


CONTINUARÁ...

miércoles, 6 de noviembre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (ACTO VI)


Justine se sobresaltaba cada vez que su malcarado guía se giraba para escrutar los alrededores.


―No corras tanto― le insistía, horrorizada ante la perspectiva de perderlo o de caer de nuevo en las garras de aquellas bestias repugnantes.


El Autarka había decidido abandonar el túnel para que la claridad les permitiera avanzar con mayor velocidad. Los rodents se habían alejado mucho por los subterráneos en el rapto, su ciudad todavía distaba varios kilómetros de allí.


Caminaban pegados a la orilla norte del Medíter, que les servía de protección, cruzando los semidesérticos parajes del sur de Spance. El río Medíter nacía en los Montes del Marrak y se ensanchaba paulatinamente a lo largo de su curso con la descarga de sus numerosos afluentes, como el Ebrios, hasta que ambas riveras desaparecían en lontananza como si fuera un mar. Se decía que millones de años atrás, en los días de la Primera Humanidad, había sido un verdadero mar.


Delante y detrás de ellos se extendían kilómetros y kilómetros de llanuras pedregosas, peladas por el viento, moteadas de vegetación arbustiva y cactus. Caminaban solos entre los agrestes eriales, cada vez más embargados por un ominoso presentimiento.


De repente el horizonte a sus espaldas se oscureció como cubierto por una tormenta. El Autarka miró automáticamente al cielo, pero no halló ni una nube, se concentraban todas en derredor de las blancas cumbres del Marrak.


―¡Oh, soberbio!― entonó con admiración, escrutando con atención la lejanía.


La mancha sombría se desplazaba a considerable celeridad, como impulsada por un viento intangible.


―¿Qué pasa, qué es eso?―Justine se temió lo peor.


Y no estaba equivocada. El Autarka también imaginó qué podría ser; ella lo adivinó cuando su rostro adusto se torció en una mueca de placer. Miles y miles de pequeñas siluetas bullían en el interior de aquel siniestro parche oscuro que devoraba la distancia.


―¡Oh, qué bella muerte para un guerrero!― pronunció como un cántico el Autarka. Pero antes debía cumplir su promesa y poner a salvo a la chica―. ¡Corre!


―¿Por qué hablas así?


Justine cada vez estaba más asustada. Creía que ya no podría soportar más tensiones cuando fue capturada por los rodents, pero cuando vio lo que se aproximaba a toda velocidad por la llanura, un miedo atroz se apoderó de ella. Rompió a correr con toda la fuerza de su ser, sacando fuerzas que creía que no tenía. Ella no lo sabía, pero su novio le había donado su vida desde el Otro Mundo para que ahora sus piernas fueran transportadas en alas de la premura. Recordó la conversación que habían entablado justo antes de que la raptaran; se dio cuenta de que en verdad sí temía viajar sola al reino de Selene. Ahora ya no tenía tan claro que allí fuera todo maravilloso.


¿Y si Selene era un sitio horrible, un castigo eterno donde no había felicidad, solo penuria y sufrimiento?


Por las ganas que mostraba el Autarka de llegar allí, bien podría asegurar que así fuera.


***


Sus queridos Montes del Marrak se difuminaban entre la niebla a sus espaldas. WinsTroll llevaba horas cabalgando a lomos de su montura sin que atisbara el objetivo marcado; por delante, su hueste de Megarácnidos se desplegaba por la llanura a buen ritmo, lanzando reflejos negros y amarillos a la luz del sol, que alumbraba desde su cenit. Era una agradable visión, muy parecida a la del calidoscopio que tanto adoraba; si entornaba un poco los ojos, los colores comenzaban a danzar de igual manera.


Aquello mejoró un poco su humor. Estaba muy irritado por haber tenido que abandonar la placidez de su hogar para hacer de niñera a ese rodent caprichoso. ¿Es que no le bastaba con el cucaceronte que le había regalado su hermano mayor para defender su nido? Sabía bien que esa bestia metamórfica era peligrosa; en varias ocasiones que había intentado entrar en el nido había trinchado a sus Megarácnidos como un porkomínido en el espetón.


La voz incesante no paraba de resonar en su cabeza: “¡Mata, mata, mata!”. Cuando atrapara a ese sapiens lo iba a aplastar, desmembrar, despellejar y mil cosas más por haberle metido en ese embrollo que no tenía nada que ver con él.


Desde su Megarácnido de transporte, otro obsequio de los dwergos, los cuales lo habían modificado con Magia para que se ajustara a sus medidas, alargándole las patas, divisó una corpulenta figura en la lejanía. ¡Allí estaba el Autarka! Y la hembra prometida estaba con él. Ahora lo entendía todo: ese entrometido se había inmiscuido para hacerse el Héroe y el pequeñín le había rezado a su dios, del que decía que era descendiente, para que le ayudara. Hasta un Trollensis poco brillante como él podía darse cuenta.


Los sapiens echaron a correr en cuanto vieron su temible ejército.


―¡Ja, ja, ja, ja! ¡Mira cómo corre el muy cobarde!― exclamó complacido―. ¡Va ser una caza divertida!


Pegó un potente silbido para que su hueste acelerara, tenía ganas de descargar toda su furia en ese sapiens. Al punto, los Megarácnidos se lanzaron a la carrera, alargando su formación como una riada. Inexorablemente, la distancia que los separaba de los sapiens huidizos se acortaba sin que sus esfuerzos sirvieran de nada. Los primeros combatientes del ejército ya les estaban dando alcance; en cuestión de minutos los cercarían y los engullirían sin compasión, como a él le gustaba. ¡Ja, ja, ja, ja!


***


Justine emitió un alarido cuando distinguió el horror que se aproximaba por la llanura: ¡Arañas gigantes! Tenía pavor a las arañas. Llevaban corriendo casi una hora y la fatiga comenzaba a hacer mella en su resistencia. El Autarka se distanciaba cada vez más de ella, era imposible seguir su ritmo; corría como un toroceronte.


Éste, al oír su grito de espanto, se volvió y esbozó una sonrisa homicida. Los ojos le brillaron con especial intensidad al constatar que los Megarácnidos les estaban alcanzando. El tableteo de sus patas podía escucharse en el aire, próximo a ellos. Los más avanzados aprestaban sus mandíbulas chasqueantes, a escasos metros de ella.


Sin refinamientos, el Autarka la cogió y la cargó sobre el hombro para ganar terreno. No permitiría que le parara nada a la chica aunque tuviera que morir para ello. No temía a la muerte, ya había experimentado ese goce en innumerables ocasiones. Sin dejar de correr, con la mano derecha desenfundó una pistola sónica y disparó por encima del hombro sin apuntar. Con las armas sónicas no era preciso afinar la puntería, bastaba con dirigir el cañón y las ondas infrasónicas arrasaban toda vida que hallaban a su paso.


Seis Megarácnidos reventaron en jirones sanguinolentos. Sin embargo, al instante, otras tantos, sino más, ocuparon su lugar. ¡Eran miles! Tras otro disparo saltaron por los aires fragmentos de patas y de corteza; pero nada las detenía, su velocidad era asombrosa.


Le entregó una pistola sónica a Justine.


―¡Toma, úsala!


Ella dudó al ver la extraña arma. No era de fabricación humana.


―¡Ahora no es momento de chorradas religiosas, dispara si quieres sobrevivir!― masculló el Autarka.


Justine asió la pistola, asombrada por su ligereza, y apretó el gatillo desde su incómoda posición. La carrera del Autarka la hacía sacudirse sin control. Cuando vio su devastadora potencia emitió un gritito de júbilo.


Los megarácnidos reventaban como uvas maduras; el aire se colmó de partículas sangrientas. Cada vez que una de ellas se adelantaba, la hacían saltar por los aires. Tras ellos el terreno se sembraba de despojos, que al instante eran tragados por la marabunta. Estremecía el silencio con que corrían, solo el ruido de sus patas sobre la tierra seca; ni un grito de dolor, ni una voz.


Arribaron a una formación rocosa. Un sitio perfecto para presentar batalla, pensó el Autarka. Miró con rapidez hacia el Este y luego hacia el Oeste, por donde el ejército de megarácnidos ensombrecía la tierra con su ingente número. Pitya se recortaba en el horizonte cercano. Ya casi habían llegado. El Medíter fluía al Sur. Si seguían corriendo no lograrían llegar a su destino, reflexionó a toda velocidad.


―A partir de aquí, sigues tú, yo los entretendré en estas peñas. ¡Corre!


Justine dudó, aquella distancia hasta Pitya se le antojaba insuperable; sus piernas no aguantarían. Su rostro reflejó espanto.


―Sigue el margen del río, puede que encuentres alguna patrullera atraída por la batalla― urgió el Autarka, los megarácnidos no tardarían en localizarlos. Debían aprovechar esa ligera ventaja.


―Gracias por lo que has hecho y por arriesgar la vida por mí― le dijo Justine con gratitud.


―No lo hago por ti, lo hago por el dolor y la muerte― contestó él con sequedad, ya en su rostro reflejada la incipiente locura de la batalla.- ¡Y ahora corre, no te detengas o mi ayuda habrá sido en balde!


Continuará...

miércoles, 30 de octubre de 2013

HoB: LA CAÍDA DEL AUTARKA (ACTO V)



Libro de Hob
Entrada del 28.04.2013. Era de La Bestia.
Escuché la voz de Bahal en HOB.




Dicen que soy un paranoico; que veo conspiraciones por todos sitios. Yo sé muy bien lo que digo. Los de Media Games no son lo que aparentan ser. El Virtual WarGame tampoco es el juego que todos creen: lo utilizan para esclavizar a la gente, para influir en su pensamiento y obligarles a matar a la gente sin que la culpa recaiga sobre ellos.


La partida que voy a postear a continuación es la prueba fehaciente de que lo que digo es cierto y no son las imaginaciones de un loco. Podréis juzgar por vosotros mismos.



Las montañas del Marrak estaban sumidas en un bochornoso ambiente caliginoso. Sus altas cumbres, las más altas de Nueva Pangea, por encima incluso del Monte Everus, rasgaban el velo de las nubes y se perdían en el cielo. Hacía miles de años que los sapiens habían dejado de poblar sus inhóspitas faldas. Ahora moraban en ellas las bestias, la especie dominante en el planeta.


Cientos de kilómetros de escarpadas montañas servían de cobijo a innumerables especies: Porkomínidos, el Homo Caprensis, el Rodentsis y el Lupensis; así como todo tipo de Antrópodos, como los Formínidos, los Skorpii o los Crabens. Pero en aquellas tierras dominaba el Homo Trollensis, una de las razas más brutales entre los Bestiae, junto al Ogris.


Los Trollensis carecen de inteligencia, son moles de músculos que responden con extremada violencia ante cualquier contradicción o inconveniente que se planteara a sus mentes obtusas. Lo mejor era llevarse bien con ellos o mantenerse lo más alejado posible de sus dominios.


Entre los Trollensis del Marrak destacaba uno por su particular rudeza en el gobierno de sus semejantes: el llamado WinsTroll el Irascible. Hacía falta bien poco para inflamar su cólera y provocar grandes penurias sobre el que osara contrariarlo. De este modo se imponía ante sus adversarios y ante quien pretendiera ocupar sus dominios.


WinsTroll se ocupaba a la productiva ganadería de los Megarácnidos de combate, una especie de capacidad destructiva que criaba su clan desde hacía tres generaciones. Los Megarácnidos eran bestias implacables del tamaño de un toroceronte, pero veloces como los Megafélidos de Eurasia. Al igual que los antrópodos, carecían de sentimientos, no conocían el miedo y nunca abandonaban el campo de batalla mientras pudieran realizar el postrer ataque. Su fortaleza y resistencia eran incomparables; podían permanecer largas temporadas sin alimentarse y su capacidad letal no mermaba un ápice. Acabar con uno solo de ellos era una tarea ardua, sus patas les conferían una capacidad de movimiento inigualable y debían perder casi todas para quedar inmovilizadas. Aún así, sus enemigos debían guardarse de su poderosa mordedura, la cual inoculaba un veneno paralizante que actuaba a los pocos segundos, dejándolos a su merced, ante una muerte despiadada.


Así de peligrosos eran los Megarácnidos, quien los empleaba tenía garantizada la victoria. Sería necesaria la fuerza de toda una tribu de Ogris enloquecidos de rabia para aplastar un ejército de esas bestias.


Y WinsTroll el Irascible poseía miles de ellos. Por esa razón se había hecho el amo de la región. Su fama llegaba hasta las selvas de Cong, en el Sur; y hasta el Desierto de las Chimeneas en ArHell, donde regía el metamorfo Hafar, dueño de un ejército de antrópodos que causaban incalculables desastres entre los sapiens del Medíter. El déspota Trollensis cobraba al resto de Bestiae un impuesto por la vida y no siempre se mostraba satisfecho con eso. Cuando a él le apetecía, lanzaba su ejército de Megarácnidos sobre ellos, sembrando la muerte, para dejar bien clara su supremacía.


Todas las Razas Bestiales de los alrededores le temían. Siempre buscaban la forma de agradarle, con dádivas varias, con oro, incluso con pepitas de Magia. Los Rodentsis de Nido Roddor, recién instalado en el Marrak, le proporcionaban sapiens para su diversión. Sin embargo, él se aburría demasiado rápido con ellos; eran frágiles y se morían en seguida de arrancarles los miembros. Los antrópodos le divertían mucho más, podía martirizarlos durante semanas sin que se afectaran por ello y todavía se mostraban pugnaces si te acercabas.


A WinsTroll pocas cosas le causaban interés a parte de su ganado. Vivía aislado, no le gustaban las visitas ni los vecinos, aunque fueran de su misma especie. Los Trollensis eran seres huraños y codiciosos que gustaban almacenar aquello que les llamaba la atención. En su caso eran los caleidoscopios de cuarzo, los cuales contemplaba embelesado durante horas, mientras sus Megarácinos pacían en las montañas.


Esa nubosa mañana se encontraba ensimismado con su caleidoscopio favorito, uno fabricado por los dwergos de Castra Semporium, que producía rutilantes colores y despertaba oníricas sensaciones en su mente. Lo giraba y lo giraba, emitiendo estentóreas risotadas, en tanto los fragmentos de cuarzo de diferentes colores cambiaban a nuevas formas evocadoras. Ya se había olvidado de la promesa de aquel rodent plañidero y adulador de Roddor, quien le había mandado a sus esbirros para transmitirle la noticia de que a lo largo de aquel día le harían obsequio de una hembra sapiens para su deleite personal.


Después de merendarse a dos de ellos y escupir sus desaboridos huesos, los despachó de vuelta al nido y se entregó a su labor cotidiana, en la plácida tranquilidad de sus montañas, junto a su adorado ganado, que no producía más ruido que el sus mandíbulas triturando huesos al engullir apestosos porkos.


-¡Ja, ja! ¡Ja, ja, ja!- reía de forma estulta mientras daba vueltas al tubo de metal. Los destellos de cristal le producían cosquillas en sus enormes ojos.


El troll era un inmenso ejemplar de cuatro metros de altura con la piel grisácea como la Galena e igual de dura. De las vértebras de la espina dorsal y de los hombros le nacían unas crestas óseas, gruesas y robustas que le conferían una apariencia indestructible. Sus brazos, alargados hasta el suelo, terminaban en unas desmesuradas manazas con las que podría estrangular un mamutte sin problemas. Las facciones de su rostro bestial habían perdido toda semblanza con las humanas, al contrario de los Ogris, que aún las conservaban, aunque deformadas; la nariz era inexistente, solo dos orificios para respirar en un morro chato, hendido por una cavernosa boca de colmillos turgentes; y los ojos eran dos esferas crueles que destellaban con pupilas amarillas, colmadas de maldad.


Se hallaba sentado sobre un risco, entretenido con el juguete de los dwergos, mientras que su rebaño de Megarácnidos se extendía a sus pies. Resultaba aterrador contemplar a miles de aquellas bestias desplazándose ociosamente por la ladera, bajo los nubarrones que tamizaban la escasa luz solar, sin apenas producir sonidos. El amarillo y negro de sus cuerpos peludos resaltaba frente a los agrestes tonos de las montañas como infernales flores.


De pronto una voz estruendosa tronó en su diminuta cabeza de frente prominente:


-WinsTroll, escúchame...


-¿Eh?- se golpeó la sien al sentir la invasión- ¿Quién eres?- bramó con exasperación.


“Debes obedecerme” siguió hablando la voz, ignorando su pregunta.


No conocía el poseedor de esa voz pero sí la reconocía, ya la había escuchado antes. Una vez le había ordenado que lanzara sus Megarácnidos contra las tropas del metamorfo Hafar, el Mantis, que intentaban asolar Nido Roddor. También le había disuadido la vez que intentó abastecerse de rodents porque estaba escaso de reservas para su ganado. Ambas con idéntico resultado: un recalcitrante dolor que hacía estallar su cabeza.


-¡No!- rugió colérico- ¡Esta vez no cumpliré tu voluntad!


El castigo fue inmediato, pareció que un rayo atravesaba su mente con su descarga y le paralizaba el cuerpo. Preso de un indecible dolor cayó por el suelo y rodó unos metros. Quería arrancarse la cabeza con tal de que parara.


Los Megarácnidos reaccionaron con prontitud y se agolparon a su alrededor, aquilatando sus posibilidades. Si su amo mostraba la mínima debilidad lo devorarían sin compasión.


“Dirígete a Nido Roddor con tus fuerzas, allí necesitan tu ayuda”


-¿Por qué iba yo a prest...Ahhggg!


“Mata al Autarka. Ha profanado mi reino”.


-¿El Autarka? ¿Quién es ése?


El intenso dolor debilitó su presión.


“¡Mata al Autarka! ¡Mata, mata, mata!”. Recibió como única respuesta. La última palabra se repitió como un eco sin fin en su mente hasta producirle locura.


-¡Lo haré, lo haré!- cedió al final, cerca del deliro-. Mataré a ese maldito Autarka para que me dejes tranquilo de una vez.


Entonces una imagen precisa de un sapiens colosal y una chica se implantó en su cerebro.


A la luz diurna el aspecto del Autarka era más estremecedor que en el túnel. La melena desaliñada y la barba desgreñada estaban cubiertas de cuajarones de sangre reciente, de igual modo que sus ropajes de cuero, con antiguos desgarrones cosidos de forma burda y otros nuevos que se sumaban al desastre. Del cinto colgaban dos siniestras pistolas sónicas, de fabricación dwerga; al lado pendían sus puñales de magiacero, largos para un humano común, pero pequeños para su gigantesca figura. Sobre la harapienta almilla cruzaba un arnés con el que sujetaba, por delante, otras dos pistolas, modelo Ray-Brand de cañón largo, y por detrás un par de hachas con runas de Magia, que ahora permanecían apagadas.


Justine caminaba a su zaga, sin poder contener un escalofrío cada vez que lo miraba. Su hedor se emparejaba con su suciedad. El Autarka no le dirigió la palabra en todo el rato, como si ella no estuviera, ignorando sus preguntas, mientras caminaba con la vista clavada al frente a grandes trancos que ella seguía con denodada dificultad. Tenía prisa por llegar a Pitya, como si le estuvieran esperando en otro lugar. O como si temiera algo.