Suele ocurrir en las transmisiones televisivas del Campeonato Mundial de Fútbol. Desde aquel ya lejano de 1966, en Inglaterra, recordamos leer en la sección ‘Envido 7’ del periódico El Día, comentarios sobre la pronunciación de los nombres y apellidos de los jugadores, entrenadores y árbitros a cargo de los relatores. ‘Silar’ por Uwe Seeler, fue objeto, por ejemplo, hasta de una polémica entonces. Ahora, sesenta años después, el fenómeno ha reverdecido en medio de pausas de hidratación -al final otro negocio de los yankees y de la FIFA, por supuesto- y de incontables cortes publicitarios que ahuyentan la atención del telespectador.
Lo ha revuelto el periodista y crítico cinematográfico y televisivo Carlos Boyero, a quien no le gustan (confiesa en El País), las transmisiones de TVE de las confrontaciones mundialistas, a las que objeta hasta la narración de Juan Carlos Rivero. "Es lamentable tener que ver un espectáculo como el Mundial de fútbol despojándolo del sonido. Por estricta salud mental”, ha criticado Boyero, quien se queja de tanta caspa en los comentarios y la narración, haciendo bueno aquel poema que le dedicara Joaquín Sabina cuya primera estrofa decía: “Su oficio es escupirle al firmamento/ su vicio, vomitar en las medallas/ su gramática parda y su talento/ se crecen al fragor de las batallas”.
Por eso el debate va más allá de la diferencia entre fonética y fonología. El mismo Boyero no cree que la masa esté de acuerdo con la ausencia de ruido. El fútbol tiene su run-run peculiar, ese que cuando se apaga el (sonido) ambiente, porque una afición se resigna o no reacciona o porque la presumible ganadora se divierte con cánticos y politonos, hace que parezca un espectáculo languideciente y sin alma. Hasta que vuelve a sonar el himno nacional. Y vuelve a rugir la masa para estimular el quehacer de los relatores que, en algunos casos, puede ser una fuente voluble de caudal ilustrativo o, mala suerte, de gazapos intercalados.
Es cuestión de gustos, de adaptaciones y de exigencias. La comunicación oral, en el espectáculo deportivo, principalmente el futbolístico (que es el que más conocemos, sufrimos o disfrutamos), llena más, en cualquier caso, que las redes sociales.
