miércoles, 1 de julio de 2026

Cuento IX: El cadáver de calle Soledad

 Écija no agonizaba; era un cadáver putrefacto bajo el sol. El cielo, de un blanco azulado y criminal, no era cielo, sino la tapa de zinc de un ataúd al rojo vivo. El calor había dejado de ser una condición para convertirse en la única verdad: un verdugo inmenso que prensaba el aire hasta extraerle gotas de lucidez mental, un opresor que fundía la voluntad y reducía la existencia a un jadeo. Y en la herida más profunda de este cuerpo urbano en descomposición, supuraba la calle Soledad. 



No era un callejón. Era el final de todos los caminos, un pliegue geológico donde la desesperanza se había solidificado. Allí, las sombras no daban tregua; consumían. Y en su epicentro, como un tumor, latía la tienda. Un cartel desescamado, colgado de un clavo oxidado como un ahorcado en el patíbulo, mentía: «Reliquias del Ayer». No era una tienda. Era la crisálida vacía de un negocio muerto, un féretro de madera gangrenada que respiraba polvo y delirio por sus mil bocas abiertas. 

Dentro, la atmósfera era un caldo espeso. Olía a cera derretida, a aguardiente barato sudando desesperación, a manteca rancia y al dulzor nauseabundo de la celulosa muriéndose. La luz, un cautivo pálido de los cristales enfermos, se posaba en las motas de polvo que giraban lentas, danzando su vals fúnebre. En el trono de este reino, gobernaba Eduarda. 

Tras el mostrador de madera carcomida, Eduarda no se sentaba; yacía. Su cuerpo, un monumento al derrumbe, parecía fundirse con la podredumbre circundante. Llevaba un traje floreado, una segunda piel mugrienta y sudada que se le adhería como una membrana. Su cabello, una maraña grasienta, enmarcaba un rostro hinchado y violáceo, un mapa de venas rotas donde unos ojos inyectados en sangre flotaban sin rumbo. En una mano, una botella de aguardiente semivacía; en la otra, los restos de una torta de manteca. Cada exhalación era un quejido húmedo, una nota más en la sinfonía de su decadencia. 

Su soledad era un órgano palpitante. Solo la interrumpían los espasmos de su propio cuerpo: el temblor etílico de sus manos, el gruñido al tragar el fuego del aguardiente, el manotazo brutal contra su nuca para aplastar insectos que solo ella sentía. “¡Maldita sea!”, escupía, y su voz se perdía, absorbida por el silencio polvoriento. 

Pero bajo las tablas, en los intestinos de la casa, acechaban los auténticos dueños. Estoloquio, el fantasma avaro, tejía sus maldiciones en la oscuridad. Y su legión, sus ratas endemoniadas, criaturas de ojos de rubí hirviente y colas de alambre retorcido y afilado aguardaban. Su chirrido metálico era el latido de la casa, la promesa de una amenaza que respiraba en la penumbra. 

El carromato llegó con un crujido de huesos viejos. El carretero, bañado en un sudor de pánico, descargó los fardos como si arrojara cuerpos a una fosa, ansioso por huir de la opresión que emanaba del lugar. Eduarda observó, con la mirada velada por el alcohol. Para ella, aquello era un estorbo entre su mano y el consuelo embotellado. 

Al hurgar entre los despojos, sus dedos encontraron algo frío y serpentino bajo un trapo de lino negro, carcomido. Un olor a tumba abierta y pétalos podridos inundó el aire. Era la corona. 

Un aro funerario de flores secas, negruzcas y frágiles como la esperanza. Entre los tallos, serpenteaba un hilo de cobre verdoso, un veneno metálico que manchaba la realidad. Exhalaba un frío de fosa, un vacío que devoraba la luz. 

Algo en su decadencia resonó en lo más hondo de su ser. Con una fascinación ebria, se coronó. Al contacto, un escalofrío de muerte le recorrió la espina dorsal. No era el frío del metal, sino el de miles de almas en pena. 

El efecto fue una blasfemia contra la física. 

El aire se volvió gelatina pesada. Las muñecas de porcelana con ojos de vidrio parpadearon al unísono. Una corriente gélida, imposible, levantó remolinos de polvo danzante. Las llamas de las velas se retorcieron como almas atormentadas. 

Estoloquio… —susurró una voz hecha de polvo de huesos y odio ancestral. 

El terror, puro y primitivo, barrió su borrachera. Las flores secas se enroscaron en sus sienes como raíces vampíricas, clavándose en su carne. Un dolor sordo y profundo trepó desde sus sienes hacia su cerebro. La corona no era un adorno. Era una llave. Y ella, en su estúpida vanidad, había abierto la puerta. 

De las grietas del mundo, del corazón mismo de la podredumbre, surgió el ejército. Las ratas endemoniadas, un mar de alambre y dientes, ojos de odio antinatural, colas que chirriaban como cuchillas sobre cristal. Rodeaban a Eduarda, un cerco perfecto de hambre y furia. 

El pánico la poseyó. Se aferró a la corona, clavándosela más hondo. Una rata, más grande, saltó al mostrador. Su cola de alambre silbó y destrozó la botella de aguardiente. El líquido acre se mezcló con su miseria. La bestia la miró, mostrando sus dientes de aguja oxidada, y siseó una promesa de dolor. 

Esa fue la gota. Un grito desgarrado, inhumano, brotó de su garganta. Se arrancó la corona, dejando jirones de piel y pétalos en su cuero cabelludo, y huyó hacia la puerta trasera. 

Se lanzó a la luz cegadora del mediodía. El calor, ahora, era una bofetada de realidad. Corrió, o más bien se arrastró, por el secarral, alejándose de todo, jadeando, su vestido en jirones. Ya no huía de las ratas; huía del horror que llevaba dentro. 

El sol, justiciero e implacable, la acorraló en un descampado yermo. Allí, se detuvo. Un dolor retorcido, obsceno, nació en sus entrañas. No era su hígado; era la maldición materializándose. Su vientre se hinchó, palpitó con una vida monstruosa y ajena. 

—¡No es justo! —gimió, su voz un hilo devorado por la inmensidad aplastante. 

Sus palabras se las llevó el calor. La hinchazón fue rápida, obscena. Su cuerpo se transformó en una esfera grotesca, un globo humano inflado por los gases de su propia putrefacción interna. Su rostro, amoratado, era una máscara de agonía muda. 

Y entonces, bajo el sol de justicia, Eduarda implosionó. 

No fue un estallido. Fue un reventón húmedo y repugnante. El sonido de un odre viejo reventando por presión inmunda. Un chapoteo nauseabundo. Trozos informes de grasa amarillenta, jirones de vestido, fragmentos de humanidad, salpicaron la tierra sedienta. Una niebla fétida se elevó, una mezcla irrespirable de manteca rancia, aguardiente podrido y descomposición instantánea. El calor selló el lugar con una lápida pestilente. Solo quedó un charco grasiento y el destello vacío de la botella rota. 

Dentro de la tienda, el sonido apagado de la explosión surtió un efecto. Las ratas, atraídas por el festín de descomposición, giraron sus cabezas hacia el exterior. Su objetivo había cesado de existir. 

Un silencio más terrible que cualquier chirrido cayó sobre «Reliquias del Ayer». Estoloquio se aquietó, satisfecho. Las ratas retrocedieron a sus grietas, sus colas raspando un adiós fúnebre. La tienda volvía a ser lo que siempre fue: un cadáver en la Calle Soledad, ahora con un nuevo y repugnante fantasma en su leyenda. 

El calor, imperturbable, siguió aplastando Écija. Nadie buscaría a Eduarda. Simplemente, se había esfumado. Y en el secarral, la mancha oscura se secó, fundiéndose con la tierra, hasta que el viento caliente la dispersó, sin dejar rastro, en la nada absoluta. 

El Caballero Metabólico 

domingo, 28 de junio de 2026

Cuento VIII: El eco de los pasos perdidos

 (Una confesión de Pedro de los Álamos)



Córdoba, 1887. La luz no es dorada, es ámbar viejo, espesa como el caldo de los días que se repiten sin sentido. Mi casa, la casa de mis antepasados en la calle del Buen Pastor, no es un relicario; es un estómago de piedra que digiere lentamente los ecos de los muertos. Yo, Pedro de los Álamos, de cuarenta y ocho años y una soledad que me ciñe como un sudario, soy su último y más insignificante bocado.

Caronte, mi gato rayado, no ronronea; es un centinela silencioso que observa, con sus pupilas verticales, las cosas que yo no puedo ver. Se pasa las horas mirando fijamente un rincón vacío del salón, donde el papel de la pared se está despegando como una piel enferma. A veces, de madrugada, eriza el lomo y bufa a la nada, y un escalofrío me recorre la espalda.

Me dedico, como sabe todo el mundo y como todos evitan mencionar, a los ritos funerarios. Estudio cómo los hombres hemos intentado, en vano, domar a la Parca con ceremonial y pompa. Es una obsesión que nació aquí, entre estas paredes cargadas de retratos de familia cuyos ojos parecen seguirme con una lástima feroz. Todos ellos murieron aquí, uno tras otro, dejando un poso de silencio y polvo.

Y están las muñecas. No son mi colección. Son la colección. Legado de tías solteras, de niñas que no llegaron a mujer, de abuelas de rostro de acero. Sus caras de porcelana, pálidas e inmutables bajo los visillos que tamizan una luz enfermiza, son mis únicas confidentes. Les hablo de mis hallazgos, de las necrópolis iberas, de los amuletos romanos. Y a veces, en el crepúsculo, cuando las sombras se alargan como dedos huesudos, creo que asienten con leves inclinaciones de cabeza. O tal vez es el temblor de mi propia mano, cada vez más nerviosa, al servirme una copa de fino demasiado temprano.

El sueño me huye. La casa cruje con una voz propia. No son maderas viejas; son pasos. Pasos menudos, lentos, que suben y bajan la escalera cuando yo estoy despierto, y que se detienen justo al otro lado de mi puerta. Los atribuyo a las ratas, al viento, a mi imaginación envenenada por el vino y la soledad. Pero una noche, clara y fría, vi la huella. Una mancha de humedad en la alfombra del pasillo, pequeña, del tamaño de un pie infantil, que conducía desde la escalera hasta la vitrina de las muñecas.

Al día siguiente, una de ellas, la más antigua, una damisela del siglo XVIII con un vestido ajado tenía el ruedo de su falda mojado y manchado de un légamo oscuro. Como si hubiera paseado por el río de madrugada.

El horror no llegó de golpe. Llegó así, gota a gota, como el agua que se filtra en una cripta. Empecé a encontrar las muñecas en distintos sitios por las mañanas. No desplazadas, sino colocadas. Una, sentada en mi sillón, mirando hacia la puerta como esperando a alguien. Otra, en la biblioteca, con su dedo de porcelana señalando un verso de Bécquer: “Los suspiros son aire y van al aire…“

Caronte ya no bufa. Ahora se esconde, y solo veo el brillo de sus ojos desde debajo de los muebles. Me mira a mí, no a los rincones. Es como si me compadeciera.

Anoche, la locura me poseyó por completo. Harto de los pasos, salí al pasillo con una vela. No había nada. Solo el vacío y el frío. Pero al volver, algo me hizo mirar dentro de la vitrina. Todas las muñecas tenían la cabeza ladeada, y sus ojos de cristal, siempre vacíos, parecían concentrados en mí. Y en el centro del grupo, la damisela del vestido manchado sostenía, entre sus diminutas manos, el medallón que mi madre llevaba cuando la enterré.

Grité. Arrojé la botella de vino contra la vitrina. El estruendo de cristales fue como un alma que se desgarra. Ahora estoy aquí, escribiendo esto a la luz de la luna que se cuela por los visillos. Los pasos han vuelto. Son más, y más rápidos. Suben por las paredes, crujen en el techo justo sobre mi cabeza. 

Ya no estudio los ritos funerarios de otros. Comprendo, demasiado tarde, que toda esta casa, con sus muñecas, sus retratos y sus suspiros, no es mi hogar. Es el ataúd de mi linaje. Y yo, Pedro de los Álamos, no soy su dueño. Soy el invitado de honor en mi propio velatorio. Los pasos se acercan. Ya están en el rellano. Caronte ha salido de su escondite y se frota contra mi pierna, no para consolarme, sino para despedirse.

No lloro. Asiento, como las muñecas. Al fin y al cabo, un rito funerario debe tener su oficiante. Y su víctima propiciatoria. Y esta noche, por fin, voy a dejar de estar solo.

El Caballero Metabólico

viernes, 26 de junio de 2026

Carita de cielo: mi viaje sentimental a la sombra de la reina Mercedes

Recuerdo el momento exacto en que Mercedes entró en mi vida.

No fue en un libro de texto, ni en una lección de clase. Fue en el parpadeo hipnótico de la televisión, en aquel zumbido a color de los años ochenta. De repente, una melodía: ¿Dónde vas, Alfonso XII? Y un rostro, el de Paquita Rico, que se fijó para siempre en mi memoria como la encarnación de una pena dulce y lejana.



Yo era un niño. Y aquella tristeza me resultaba a la vez incomprensible y profundamente familiar. Recuerdo a las alumnas de las Hermanas de la Cruz cantando esa coplilla en la puerta del colegio. No sabían que estaban sembrando una semilla. O quizá sí. Quizá esas cosas se hacen a propósito.

Con los años, esa melodía se reveló como un hilo invisible. Me llevó a Sevilla, a poner la mano sobre los muros cálidos de San Telmo, imaginando a una niña de rizos oscuros entre los naranjos. Me enfrentó al mármol liso y frío de su tumba en la Almudena. No buscaba datos, ni fechas. Buscaba, sin saberlo del todo, el rastro de una emoción.



¿Por qué una reina que apenas reinó cinco meses en 1878 sigue resonando en mí con tanta fuerza?

Muchas veces me he hecho esa pregunta. Al final, creo que he encontrado la respuesta.

Mercedes perdura no a pesar de su fragilidad, sino gracias a ella.

Grandes personajes como Isabel la Católica nos exigen una mirada hacia arriba, una distancia respetuosa. Mercedes, en cambio, nos pide una mirada hacia adentro. En sus dieciocho años precipitados —un amor desafiante, una felicidad pública, una enfermedad súbita— se condensa la paradoja más humana: somos luz que sabe que se apagará, y por eso brilla con más urgencia.

Su reinado no fue de poder. Fue de sentimiento.

Al adentrarme en su vida, no encontré a una soberana. Encontré a una compañera de viaje a través del tiempo. Una joven que, desde el esplendor y la tragedia del siglo XIX, me recuerda que los poderosos también lloran, que el destino es implacable incluso en los palacios, y que la huella más duradera a menudo no es la del cetro, sino la del suspiro.



La copla, el cine de Paquita Rico, la biografía de Ana de Sagrera —que rescató su humanidad del mármol legendario—, las novias que dejan su ramo en la Almudena... todo eso es la cadena de una memoria que no se ha mantenido viva por decreto real, sino por una sucesión de elecciones afectivas.

Hoy, después de tantas preguntas, entiendo que su verdadera inmortalidad no está en la piedra. Está en el rincón del alma donde lo efímero —un amor, una vida, un reinado— encuentra su extraña y perdurable eternidad.

Mercedes nunca nos pidió que la admirásemos como a un monumento. Nos invitó a la complicidad. Con el amor que estalla contra las convenciones. Con la felicidad que se vive con urgencia porque se intuye frágil. Con el dolor que llega sin avisar.

Porque la historia perdura donde es sentida, no solo donde es archivada. Y mientras haya un corazón que sienta ese pellizco de ternura y presagio al escuchar su nombre, la llama de la reina Mercedes seguirá ardiendo.



Así que gracias, Mercedes. Por la copla. Por el hilo invisible. Por recordarnos que hasta las reinas pueden tener "carita de cielo" y que, al final, lo que queda no son los cetros, sino los suspiros que supimos compartir.

Pedrete Trigos

miércoles, 24 de junio de 2026

La huella del Bautista: memoria de una ermita perdida en La Coracha

 Caminar por La Coracha es, para mí, un ejercicio de arqueología sentimental.

No es un paseo cualquiera. Cada paso por sus cuestas no solo mide una distancia física, sino que se hunde en capas de tiempo y olvido. Como si el suelo guardara la memoria de los pies que lo pisaron antes que los míos.

Hoy, mientras recorro la calle que aún lleva su nombre —mi calle, la de mi nacimiento—, mi pensamiento se detiene en un vacío concreto. En la sombra de lo que fue. La ermita de San Juan Bautista.



Ya no está. Hace mucho que se fue. Pero su historia —recogida en la memoria local y en pequeños rincones de internet como el blog Devociones de Estepa— es la de un latido religioso que se apagó. Dejando apenas un eco en el callejero y unos pocos objetos dispersos, como restos de un naufragio.

¿Dónde estaba exactamente?

Algunos la sitúan al final de la calle Ancha. Otros, en esa plazoleta que hoy sirve de respiro en el barrio, donde ahora juegan los niños o se reúnen los vecinos. Allí, donde hoy hay sol y risas, se alzó un día un humilde edificio. Pequeño, pero firme. Dedicado al Precursor.

Su fundación se enreda en dos versiones. Como suele ocurrir con las cosas viejas.

Una apunta a la Orden de Santiago. No es descabellado: algunos apoyaban esa teoría en la presencia de una cruz en forma de espada en el interior de la ermita. La otra —la que más me gusta, la que elijo creer— habla de una mujer. Juana García de Almagro. En 1564, esta señora no solo edificó y adornó la ermita, sino que la dotó con cuarenta y ocho fanegas de tierra. Estableció una capellanía para que se dijera misa todos los días festivos.

Me gusta pensar en esa versión. En la piedad concreta y femenina que puso los cimientos de una devoción barrial. En las manos de Juana, que quizás nunca imaginó que, casi quinientos años después, alguien seguiría nombrando su generosidad.

El siglo XVIII trajo un momento de esplendor artístico. Alguien con dinero y buen gusto decidió que aquella ermita humilde merecía una imagen a la altura. Se encargó al afamado escultor vallisoletano Luis Salvador Carmona, un artista de la corte. Eso nos habla de la importancia que entonces debió tener este rincón de La Coracha.

Imagino aquella talla de San Juan. Imponente. Llena de fe y de belleza. Presidiendo el pequeño templo como un rey en su casa.

Pero el destino de la ermita estaba marcado por la decadencia. Llegó tarde o temprano, como le llega a todo. En 1833, ya enferma de abandono, se renovaron sus tejados en un último esfuerzo. Fue inútil. Los muros, carcomidos por el tiempo, cedieron.

Uno de los lienzos se derrumbó. Cayó sobre la misma imagen del santo.

Milagrosamente —y aquí me emociono cada vez que lo recuerdo— solo sufrió la fractura de una oreja del cordero que la acompañaba.

Ese detalle me parece tan minúsculo y humano. En medio del derrumbe, del polvo, de los escombros, solo se rompió la oreja de un corderito de madera. Como si el destino, en su furia, hubiera tenido un gesto de piedad.

Tras el accidente, la imagen y los enseres fueron trasladados a la iglesia de San Sebastián. Allí reside aún hoy el San Juan de Carmona. Lejos de su barrio. Lejos de La Coracha. Como un exiliado que nunca pidió marcharse.

La ermita, vacía y herida, se abandonó a su suerte. Se fue desmoronando piedra a piedra. A finales del siglo XIX, según confirmaron los cronistas de la época, ya solo quedaba un solar con algunos jirones de muro.

De todo aquello, ¿qué perdura?

Quedan, como reliquias de un naufragio, unos pocos tesoros dispersos. La imagen, a salvo en San Sebastián. Un cáliz con la cruz de Malta, el emblema de la Orden de San Juan de Jerusalén. Esa orden, fundada en el siglo XI para atender a peregrinos en Tierra Santa, tenía como patrón a San Juan Bautista. La presencia de ese cáliz en la ermita estepeña es un testigo silencioso de aquella antigua vinculación espiritual. Quizás también un guiño a la teoría de los orígenes santiaguistas.

También sobrevive el recuerdo de un lienzo conocido como el Cristo de la Yedra. Tras un periplo, terminó en la actual Capilla de la Soledad. Aunque hoy, para ser honestos, también está desaparecido.

Así que cuando paso por la calle San Juan —mi calle— no veo solo asfalto y fachadas encaladas.

Veo el fantasma de una ermita. Un lugar que fue centro de vida. Dotado por la generosidad de una mujer. Ennoblecido por el arte de un maestro. Vencido, al final, por el peso de los años.

Su rastro es hoy una calle con nombre. Un cáliz guardado en algún lugar. Una talla exiliada en San Sebastián. Y una historia que, como esta, intenta rescatar del polvo la memoria de un latido perdido en el corazón de La Coracha.

Es la prueba de que los barrios no solo se hacen de casas y calles. También se hacen de los vacíos que dejan las ausencias. De los espacios donde una comunidad rezó, se reunió y, después, guardó luto por lo que el tiempo se llevó.

Pero mientras haya alguien que recuerde, mientras haya alguien que pase por la calle San Juan y mire hacia arriba como buscando una torre que ya no está, la ermita seguirá en pie.

Aunque solo sea en las palabras.

Y hoy, 24 de junio, día de San Juan Bautista, las palabras son más necesarias que nunca.


Pedrete Trigos