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miércoles, 4 de abril de 2012

REBOBINANDO: THOUGHTS OF IONESCO - The Scar Is Our Watermark (2006)


Puedes escuchar el disco entero a través del sello Seventh Rule. PINCHA AQUÍ.


Alguno ya estaréis pensando que no tiene mucho sentido poner un disco de 2006 en la sección de clásicos, pero creo que en este caso está justificado por varios motivos. Antes de exponerlos comencemos con las presentaciones: Thoughts Of Ionesco fue un trío de Detroit cuya mecha duró muy poco, pues la banda tan sólo se mantuvo unida de 1996 a 1999, pero los ecos de su explosión aún perduran en los que tuvieron la inmensa suerte de ver sus desquiciados directos y de los que seguimos paladeando los escupitajos en forma de discos que lanzaron. A pesar del poco tiempo que tuvieron, su inmensa creatividad les permitió lanzar tres LP's y un 7", entre ellos auténticos clásicos de culto como A Skin Historic (1999, Conquer The World) o el póstumo For Detroit, From Addiction (2001, At Arms Mechanics). 


La banda, que giraba alrededor de la demencia del vocalista/guitarra Sean Hoen, se completaba con el bajista Nathan Miller y el batería Brian Repa, cuyos problemas mentales y constantes idas y venidas de la banda hicieron que compartiera su labor con Derek Grant, el genio que militaba en Suicide Machines y luego llevaría a Alkaline Trio hasta lo más alto. También importante fue el saxofonista Scott Bridges, que aunque no formaba  parte oficialmente de la banda, les acompañó siempre como miembro de directo. Constantemente sacudidos por problemas de drogadicción, rabia existencial y severas patologías psiquiátricas, su música reflejaba a la perfección el sentir de esos descarriados estudiantes de instituto con talento a raudales en forma de una propuesta única y muy personal, que les diferenciaba de compañeros de generación como Converge, Botch o Coalesce. Aunque metidos como aquellos en el saco del nuevo metalcore de finales de los 90, en Thoughts Of Ionesco bullían toda una serie de influencias que nada tenían que ver con el género. El jazz y la oscuridad demente de los Swans se sumaban a unos riffs duros como montañas de granito y toda la furia de la que es capaz el hardcore. Sin embargo toda esa pasión sin filtro terminó por devorar al grupo, en un 1999 en el que se gastaron todo el dinero de la gira en drogas a la vez que se vieron inmersos en toda una serie de desafortunadas y truculentas situaciones.


The Scar Is Our Watermark es una antología de la carrera de Thoughts Of Ionesco, por la que me he decidido al considerar que es la manera perfecta de introducirse en una banda tan (lamentablemente) desconocida como ésta. Conteniendo temas de sus tres discos, de la demo previa y con 5 canciones inéditas, creo que es un compendio perfecto del periplo vital de los estadounidenses. Mucho más apegados a la esencia hardcore que sus compañeros de generación, TOI siempre enarbolaron el legado de Black Flag que corría por sus venas tanto en su propuesta musical como en unos directos que solían acabar con instrumentos destrozados, mobiliario para el arrastre y no pocas cantidades de sangre, tanto propia como  de los escasos fans que tenían los huevos de acudir a sus shows. Por otro lado tenemos ciertas similitudes con bandas como Coalesce, principalmente una técnica sorprendente para chavales de su edad y las ganas de romper con todo esquema preestablecido, lo que les hizo coquetear incluso con las difusas y cambiantes estructuras del free-jazz. También hay mucho de los imprescindibles Fugazi en sus composiciones, pero lo que más destaca es la oscuridad nihilista que impregna toda su obra, llena de desesperación y rabia por una existencia sumida en los excesos y la locura. Los impactantes textos de Sean Hoen eran la guinda a ese agrio pastel, una mezcla entre inteligencia y el más absoluto primarismo cavernícola. Sin embargo el mayor éxito de TOI (y lo que a la postre les ha convertido en una banda de culto) fue la capacidad para llevar todos esos elementos a su terreno, junto a una pasión capaz de dejar a la altura del betún a cualquiera de sus coetáneos. Si había dudas respecto a su personalidad ahí está su versión del I de Bad Brains, un pepinazo llevado a sus dominios y que es muy superior a la original (y no, no estoy delirando). 


The Scar Is Our Watermark es un testimonio de todo ese caudal descontrolado, de unos chavales cuyo único refugio frente a la demencia fue parir música agresiva, dolorosa, autodestructiva y genial, lo que a la postre tampoco sirvió para impedir que fueran devorados por las fuerzas centrífugas que castigaban sus almas. Porque a veces el fuego de la pasión es demasiado poderoso para ser contenido por la carne...




lunes, 23 de enero de 2012

SLINT - Spiderland (1991)


Aunque 2012 no podía haber empezado peor, con negros nubarrones de censura oscureciendo la red y los internautas en pie de guerra, un servidor regresa aportando su granito de arena para intentar que algún rayo de luz atraviese el cielo encapotado. Y a través de esta plataforma que es Ecos de R'Lyeh lo haré inaugurando una nueva sección: REBOBINANDO... En ella comentaré esos discos que han entrado en la categoría de "clásicos", intentando no caer en las obviedades y sacar a la luz trabajos no tan conocidos pero en mi opinión igual de importantes que los grandes nombres que aparecen en la mayoría de publicaciones. En última instancia me dejaré llevar por mis instintos, como generalmente suelo hacer, y esperar que conecten con los de los que visitáis mi humilde morada. Si despierto vuestra nostalgia, genial, y si sirve para que descubráis bandas de las que no teníais conocimiento, pues mucho mejor. Bienvenidos a esta pequeña máquina del tiempo.



Corría 1991... Slint ya había avisado de sus intenciones con el irregular Tweez dos años antes, un disco producido por Steve Albini y que aunque adolecía de claridad de ideas y cohesión, apuntaba el carácter rompedor de una banda que no estaba hecha para amoldarse a ninguna etiqueta. Provenientes de las cenizas de Squirrel Bait, banda crucial en el devenir del post-hardcore (y de los que seguro hablaré en esta sección otro día), el cuarteto de Kentucky compensaba su edad (eran estudiantes todavía) con una visión de la música que aún a día de hoy, 21 años después, sigue sonando rompedora y visionaria. La grabación de Spiderland no contó con Steve Albini como productor (para la ocasión eligieron a Brian Paulson, amigo de Albini y que posteriormente produciría a bandas como Wilco, Dinosaur Jr. o Beck), pero sí como un defensor acérrimo de un trabajo que en su día recibió críticas negativas fruto de la incomprensión más absoluta, aunque habría que decir que en general Spiderland pasó desapercibido en un año espectacular en el que los focos apuntaban hacia el Black Album de Metallica, los faraónicos Use Your Illusion de Guns'n Roses, el Blood Sugar Sex Magic de Red Hot Chili Peppers o la explosión del grunge con trabajos como Nevermind, Ten o Badmotorfinger. No se equivocaba Albini, porque con el paso del tiempo, aunque Spiderland no haya gozado del éxito de los discos anteriormente citados, sí supuso la primera piedra en un género aún por nacer, el post-rock, y uno de los discos más influyentes de la década de los 90.


Eso sí, si estás esperando un trabajo de luminosas evocaciones y sensaciones cinematográficas, de grandilocuencia, te vas a llevar toda una sorpresa, y no de las agradables. Porque Spiderland no va en la línea de los posteriores desarrolladores del género, compuesto por músicos de refinada técnica y elegancia, sino que es una criatura primaria, oscura y, por momentos, violenta. Podría decirse que el cuarteto es más el padre filosófico de la criatura que el biológico. Demostraron que se podía ir más allá, que no era necesario aferrarse a los esquemas preestablecidos, y que eso de que todo estaba inventado era el recurso de los cobardes o los poco dotados. En lo estrictamente musical Slint ocupaban un lugar a medio camino entre el post-hardcore de Fugazi (que ese año publicaba el genial y también incomprendido Steady Diet For Nothing) y un rock progresivo tremendamente personal y vanguardista que hacía del ascetismo su mayor seña de identidad. Imagínate a Pink Floyd desprovistos de grandilocuencia, de su clase y su técnica y obligados a convertirse en una bestia movida por los instintos de sus entrañas, y te harás una idea de por dónde van los tiros. Spiderland era una obra arisca, incómoda y oscura, pero que golpeaba en el estómago con una fuerza incomparable, agarrando el alma del oyente y hundiéndola en un océano infinito, si, pero de brea. Obviando cualquier regla mínima de composición, el álbum es un maelstrom de ritmos primarios, casi desnudos, llenos de susurros, distorsión y aparentes viajes a ninguna parte, pero que cuando nos olvidamos de la razón, respiramos y nos abandonamos a nuestras sensaciones más descarnadas, deviene en una experiencia única, transgresora y que hace gala de una belleza que aunque grotesca y golpeada, pone los pelos de punta. La tensión entre los miebros de la banda (se dice que alguno de ellos acabó en el psiquiátrico para recuperarse del proceso de composición) llegó a unos niveles tan altos que se grabaron a fuego en Spiderland, imprimiéndole una sensación de calma tensa, de violencia a punto de desatarse muy palpable a lo largo de los 6 cortes que lo componían. Por eso no fue de extrañar que al poco de grabar el álbum, y como ocurrió con Squirrel Bait, la banda decidiera separarse, encarnando a la perfección esa visión de la evolución y el cambio como un proceso violento, desgarrador y convulso capaz de consumir las energías mas poderosas.


Spiderland fue una explosión y un nacimiento, un callejón sin salida y una profecía, una tormenta que vaticinaba mil días soleados. Todo un logro para algo que fue grabado en cuatro días, y que años más tarde provocaría reverencias entre discípulos como Mogwai, Isis o Tortoise. Termino citando la valoración más visceral que en su día hizo Albini en la revista Melody Maker: "Ten fucking stars". Pues eso.