Aknur era un hombre de gustos sencillos y vicisitud dominada.
No andaba dando vueltas para encarar o con gre gre para decir Gregorovius
Le gustaba el tango, e iba a las milongas.
Pero lo que más amaba era su campito en las sierras, más que cualquier cosa.
Más que a su rubia hija Ayra, más que a su rubia mujer, a quien no podía nombrar
y consideraba un ser despreciable. Sí, su mujer amaba los electrodomésticos, las
vacaciones, el auto y que luciera bien.
Por eso Aknur la repudió. Repudió toda su vida. Vendió todo: la casa de importación de
electrodomésticos, el auto, (la casa no pudo por estar habitada por su mujer y su hija),
una lancha que tenía en el puerto de Santiago Vázquez. Y, juntando todo su dinero, se
compró un campito de 200 hectáreas en la Sierra del Caracol.
Va y viene de allá para acá, pobre, casi miserable y feliz.
Se está construyendo una casa a retazos, que algún día voy a mostrar.
Además va a la milonga con sus amigos y amigas que lo quieren.
Igual sufro menos, piensa. Y mira la tierra bendecida por Dios, que cuida como un
santuario. Porque no piensa hacer nada allí, más que la casa de retazos. Y luego
contemplar y caminar por los montes y los cerros y agradecer al Altísimo llorando de
emoción por esa exquisita maravilla que le envío a cuidar.
Con las mujeres bailar tangos, bromas y arrastrar el ala en las milongas. Hasta ahí. Su
herida estaba, carne viva en alarma.
En su corazón admiraba a la mujer sencilla, sin pintar, sin rouge, sin ojos delineados, sin
ornamentos, vestida de manera casual, con géneros simples y manos trabajadoras.
Pensaba que todo ornamento, toda complejidad, reflejaba retorcimiento de la mente,
vericuetos, falsedad, engaño, espejismo.
Ulan hablole entre copas de una milonga lejana.
Díjole de ciertas costumbres orientales del tango, de mujeres con voz de flauta que
cosquillean el oído, de guitarras absurdas y tubos metálicos, de sonidos de percusión
que salen del vientre, de brazos y manos enjoyados que se vuelven serpientes, de sedas
y saris. De miradas que hipnotizan.
Aknur escuchaba en la atmósfera vaporosa de las copas ardientes -una tras otra-
deslizándose a la fantasía por la inquietud tintineante de las palabras seductoras de Ulan.
Vamos, dijo, pedí un taxi.
Arribado que hubieron a una arcada con extraños bajo relieves, sintió una fuerza, la
gravedad de la música inquietante y lejana. Apenas traspuso el umbral olvidó el campito
de sus amores, bendito de Dios, olvidó a Ayra, el sufrimiento tenaz de la herida de
mujer, la vicisitud; despertó definitivamente, todo pasado era sueño ahora, en esa velada
calidez de alfombras mullidas y almohadones, de luz tenue, sonrisas destellantes y
movimientos que abstraían toda rigidez y aspereza, sinuosidad luminosa aquella criatura
ornamentada como una ofrenda deliciosa presentada al Altísimo para gozo de su alma.
(y la barra agradecida)
Nadie lo ha vuelto a ver desde entonces.
Y quizás ya nadie lo recuerde.
Salvo la madre de Ayra, Margarita, que sigue tratando de que lo declaren muerto para
vender el campito.
Ah, la foto de arriba es de una virgencita -la virgen del lujan creo -, en una pequeña plaza al lado de la vía del tren, en Ramos Mejía, Partido de la Matanza, Provincia de Buenos Aires.
Agradezco mucho correcciones de Fer.