n aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.
Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.
El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.
Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.
Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.
Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.
-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.
-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.
Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.
-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.
El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.
-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?
San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.
-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?
-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.
-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.
-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.
Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:
-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!
Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.
Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.
Niño geopolítico mirando el nacimiento del hombre nuevo,obra de Salvador Dalí
Amarme
Independientemente de nuestro género sexual, todos poseemos un aspecto femenino y un aspecto masculino internos y la relación entre éstos – la pareja interior – tiende a reproducirse en nuestros vínculos.
Solemos relacionarnos con los aspectos exteriores de la vida a través de su correspondencia con nuestros patrones internos. Así, cuando nos atrae otra persona, la misma está espejando aspectos tanto conscientes como inconscientes de nuestro propio ser.
Habitualmente esperamos que el otro/a nos proporcione aquello de lo que carecemos, o creemos carecer. Muchos de los conflictos que atravesamos en la vida tienen una trastienda de baja autoestima. En las dificultades dentro del ámbito de la pareja, en el plano laboral, en las relaciones con familiares y amigos existen siempre zonas profundas en las que no confiamos. Algunas tienen que ver con creencias de base, que desmoronan la fe en nosotros mismos de manera visible y obvia; otras son creencias que subyacen bajo capas de un aparente “todo está bien”.
Construir la propia autoestima es plantar las semillas para amarse a sí mismo, la base para cualquier relación amorosa con otra persona.
Al mencionar la idea de amarse más y mejor a sí mismo podríamos temer caer en un amor narcisista que, más que acercarnos, nos aparte del resto de la humanidad. Esta propuesta no implica quedarnos, como Narciso, prendidos al propio reflejo en el estanque, embelesados con nuestra imagen. Se trata más bien de reconocer y revalorizar todo lo que tenemos de positivo. Cuando nos conectamos con nuestras partes más luminosas y amorosas absorberemos la energía necesaria para ingresar también en los rincones más oscuros, construyendo así una percepción más plena de quién somos verdaderamente.
La forma en que nos describimos colorea todas nuestras experiencias. ¿Quién sabe desde cuándo o desde quién comenzamos a definirnos de determinada manera? Lo cierto es que todas nuestras ideas y pensamientos producen resultados, y nuestros diálogos internos son la base sobre la cual construimos nuestra experiencia de la realidad. Todo cuanto consideremos real o verdadero se convierte, eventualmente, en una realidad para nosotros.
Es clásico el ejemplo de quien cree que es rechazado por otros. Sin proponérselo, su actitud y su expresión hacen que efectivamente lo rechacen. Si tengo la idea de que no soy lo suficientemente valiosa como mujer y que debido a ello mi pareja me abandonará, comenzaré a aferrarme, a exigir, a reprochar y controlar, y estas reacciones lo inducirán eventualmente a distanciarse y/o a abandonarme, confirmando así mi creencia.
Estas son las famosas profecías auto-cumplidas, en las que terminamos creando lo temido, atrayendo hacia nosotros precisamente aquello que tratábamos de evitar.
A todos nos hubiera gustado escuchar frases amorosas de nuestros padres, y nos gustaría que nuestra pareja y amigos nos dijesen cuánto valemos. Sin embargo, nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos.
Tendemos a esperar que sean los demás quienes retruquen nuestra percepción negativa con halagos, felicitaciones y miradas de aprobación. Sin duda es agradable recibir alabanzas, pero esa dosis de autoestima foránea no es duradera ni suficiente.
Lamentablemente, vivimos con la sensación de que el amor está fuera de nosotros, que es algo que nos dan o nos quitan, un regalo, un premio, algo que merecemos o dejamos de merecer en función de que cumplamos con determinados requisitos (ser jóvenes, delgados, atractivos, inteligentes, exitosos, carismáticos, etc.)
Desde pequeños recibimos una serie de mensajes sobre el amor que nos condicionaron, haya sido esto debido a actos, frases escuchadas o sensaciones corporales basadas en acontecimientos vividos, y/o en la interpretación personal que realizamos en función de éstos.
Hoy, ya adultos, necesitamos redefinir nuestra noción del amor.
Para ello, puede ser útil formularnos y responder a las siguientes preguntas:
¿Cuánto soy capaz de amarme a mí mismo?
¿Cuánto me disgusto, critico, condeno, amonesto?
¿Cuánto soy capaz de cuidarme y darme lo que necesito?
¿Cuánto placer me permito tener en mi vida cotidiana?
¿De qué formas me descuido y me abandono?
¿Cuán desarrollada está mi capacidad para dar y recibir? ¿Cuál me resulta más fácil, y por qué? (Frecuentemente preferimos dar a recibir ya que esto último implica mayor vulnerabilidad).
¿Cuán desarrollada está mi capacidad para mostrarme auténticamente? ¿Cuándo me expreso como realmente soy y cuándo muestro una de mis máscaras?
¿Cuál es la creencia personal que más necesito modificar para poder aceptarme y amarme sin condiciones ni exigencias inalcanzables?
Cuando logro darme cuenta de que soy mi propia fuente de amor, todo cambia de dirección – yo soy responsable de transformarme y darme aquello que espero del afuera.
El amor no existe afuera de nosotros – debemos buscarlo en su morada íntima que es nuestro propio corazón.
¿Quién si no yo puede aceptarme y amarme con todas mis características? ¿Quién si no yo conoce la historia de mi niño interno, no para lamentarme sino para sanar mis propias heridas? ¿Quién si no yo tiene en su poder el pasaje de ida y vuelta hacia lo profundo de mi corazón?
Trabajar para construir la propia autoestima es un acto de amor – amor hacia uno mismo que se traduce luego en una mayor capacidad de amar realmente a los demás.
«En España el mérito no se premia, se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo». Ramón María del Valle-Inclán (1866 – 1936).
Sadi de Buen Lozano en 1933
Sadí de Buen Lozano
El científico español que estuvo a punto de erradicar la malaria pero fue fusilado por el franquismo.
Sadí de Buen Lozano fue un eminente parasitólogo que estuvo a punto de erradicar la malaria o el paludismo en España, pero su gesta se vio truncada el 3 de septiembre de 1936, cuando fue fusilado por las tropas franquistas en Córdoba. Poco se ha hablado de él, de su padre —Odón de Buen y del Cos, fundador del Instituto Español de Oceanografía— y de su familia, una saga de librepensadores, masones y republicanos que cayeron en el olvido durante la dictadura.
Nacido en Barcelona en 1893, Sadí de Buen estudió Medicina en la Universidad Central de Madrid, donde fue alumno del catedrático italiano Gustavo Pittaluga, impulsor de la parasitología moderna en España. Hace un siglo, la morbilidad palúdica se situaba entre 500.000 y 800.000 personas, mientras que la mortalidad alcanzaba las 5.000. Extremadura era una de las zonas más afectadas, hasta el punto de que 180 de los 200 municipios de Cáceres eran palúdicos. Para tratar de combatir la malaria, se instaló allí en 1921.
En Talayuela investigó los mosquitos anofeles, que se reproducían en aguas estancadas y transmitían el paludismo. Para evitar los contagios, hasta entonces se habían utilizado métodos como el drenaje de los terrenos pantanosos, el petróleo, los insecticidas o las mosquiteras, pero se demostraron ineficaces. Consciente de que en Estados Unidos no había malaria en las zonas húmedas donde habitaba un pez llamado gambusia, se propuso criarlos en nuestro país.
En Italia ya lo habían intentado, infructuosamente. Sin embargo, Sadí de Buen logró traer unos 200 ejemplares de Carolina del Norte, que llegaron al puerto de Cádiz y, tras pasar por la bañera de su madre, fueron a parar al Instituto Español de Oceanografía. Pocas gambusias sobrevivieron al período de aclimatación, aunque una docena fue liberada en la Fuente del Roble, una charca de Talayuela donde pronto se multiplicaron. De allí pasaron a otros estanques del lugar y, con el tiempo, comenzaron a ser distribuidas por todo el país. La importancia de aquellos pececillos residía en su dieta: larvas de mosquitos anófeles.
Tras fundar 32 dispensarios para tratar la malaria, en 1924 crea el Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata. Además de eliminar las larvas gracias a la voracidad de las gambusias, conocidas en Estados Unidos como pez mosquito, el parasitólogo se propone «controlar la enfermedad in situ». Así, en 1935 ya se han multiplicado por diez los dispensarios antipalúdicos, coordinados por 44 médicos especializados, atendidos por 285 médicos de atención primaria y dotados de consultorios y laboratorios, donde trabajaban enfermeros, practicantes, técnicos de laboratorio y demás sanitarios.
El audaz proyecto de Sadí de Buen no solo cuenta con el respaldo de la Fundación Rockefeller y la Cruz Roja Internacional, sino que atrae la atención de la Sociedad de Naciones, que se llevó unas cuantas gambusias de Talayuela, así como del fabricante de coches Henry Ford o de la Casa Real, que las reclamó para los estanques de la Real Casa de Campo y el Real Sitio de Aranjuez. Con la Segunda República, en 1931 es designado inspector general de Instituciones Sanitarias.
«Algunos expertos sostienen que posiblemente sea la persona que más vidas salvó en el siglo XX y que habría sido merecedor del Premio Nobel de Medicina». «Sin embargo, el franquismo echó por tierra un proyecto muy ambicioso que habría supuesto un hito científico en España. Además, con la llegada de la dictadura, la Fundación Rockefeller, que le había permitido mejorar su formación en el extranjero, suspendió su ayuda para evitar suspicacias de los sublevados y dejó de apoyar a los científicos acusados de no ser adictos al régimen».
La guerra civil y el franquismo desmantelaron la estructura antipalúdica: los tres institutos donde se enseñaba parasitología, dirigidos por Sadí de Buen y Gustavo Pittaluga; la extensa red de dispensarios por todo el país; las investigaciones y los fondos de la biblioteca de Navalmoral, que fueron destruidos; y, claro, los propios científicos, que se exiliaron o fueron asesinados. Resultado: la mortalidad del paludismo aumentó a más de 2.000 personas en 1937 y la morbilidad, a 412.000 en 1939. «Acabada la guerra, España sufría una grave epidemia de paludismo que se convirtió en el primer motivo de muerte por causas naturales».
Cuando se enteró de que iba a ser fusilado, sin que mediase juicio alguno, entregó al responsable de la cárcel su dinero para que pagara los gastos del hotel en el que se había alojado antes de ser detenido en Córdoba. Como había escrito su padre en su testamento: «Nuestra religión se cifraba en una gran rectitud de conciencia, en el culto del bien, de la familia, de la ciencia, de la libertad, de la justicia y del trabajo».
Hasta 1964 la Organización Mundial de la Salud no concedió a nuestro país la certificación de la erradicación del paludismo. Pasaba!!!
Henrique Mariño
Familia de Odón de Buen y Rafaela Lozano. A la derecha de la imagen, Sadí de Buen.
Después de ser detenido el 23 de julio de 1936, cuando contaba con 43 años y se encontraba en el cumplimiento de sus tareas de investigación en la lucha antipalúdica y como jefe de los Servicios de la Dirección General de Sanidad, y fusilado la noche del día 2 al 3 de septiembre en las tapias del cementerio de San Rafael por los insurrectos. Su muerte tuvo un amplio eco en Europa, lo que debió de influir en la liberación, por canje, de su padre, Odón de Buen, al que la rebelión militar sorprendió en Mallorca.
La eficiente, aunque modesta, organización antipalúdica española, que De Buen había contribuido a construir, desapareció con la guerra, pudiendo considerarse en 1942 que la malaria era el más grave problema sanitario de España, de manera que una nueva estructura hubo de levantarse casi desde cero. Por otra parte, las circunstancias de la muerte de Sadí de Buen favorecieron el olvido de su obra científica, que sólo ha empezado a valorarse a partir de los últimos años.
En 2023, cumpliendo con la Ley de Memoria Histórica, la calle Sadí de Buen Lozano en Navalmoral de la Mata recuperó el nombre que ya tuvo en su día, sustituyendo a la calle Calvo Sotelo. En dicha localidad fundó el Instituto Antipalúdico en 1924, en el edificio que hoy alberga los juzgados locales.
En 2025 se inaugura el espacio dedicado al Dr. Sadí de Buen en el Museo de Historia de la Medicina y la Salud de Extremadura en Zafra con la colaboración de Manuel García González y Pepa Corbacho Jiménez, autores de la primera biografía, Sadí de Buen. El Lorca de la Ciencia.
Sadi de Buen Lozano
José María Kindelán Jaquotot (Doctor en medicina y especialista en infecciosos), en su libro Sadí de Buen Lozano, novela los últimos días de este científico excepcional.
No fue el único sanitario, médico, enfermera o personas del colectivo que también mataron en Córdoba, algunos sin saber aún donde reposan. Pero en el caso de Sadí, también fueron masacrados sin piedad todos los avances conseguidos contra la malaria, la investigación, las estrategias, el control y el entusiasmo. Pues esa era la única guerra de Sadí de Buen Lozano y la iba ganando.
Además, descubrió la bacteria origen de la fiebre recurrente española y la garrapata que la transportaba.
Era, pues, y así lo relata el escritor, un médico que navegaba y combatía en el mar de las enfermedades infecciosas producidas por protozoos, y lo hacía desde el ámbito científico y el real; del laboratorio a las quebradas, a los charcos insalubres, lagunas estancadas en esa España rural del 36.
Combinaba su trabajo con la responsabilidad del cargo de director general de instituciones sanitarias, se afilió al partido socialista en 1933, siendo ya de la UGT.
La novela empieza con una sosegada voz que termina convirtiéndose en grito contra la ignorancia y el olvido. A lo largo de ella, el autor remarca la fidelidad y dedicación del médico a su trabajo.
Esa infatigable labor inspeccionando hospitales y zonas rurales propensas a los parásitos fue la que le llevaron a estar en Córdoba en el 12 de julio del 36, aun a sabiendas que los tiempos políticos y su familia le desaconsejaran moverse de Madrid.
Una de las intervenciones del científico, cuenta el libro, en el que colaboró su hermano Fernando (naturalista oceanográfico) fue el de importar peces extremadamente devoradores de larvas de mosquitos (las gambusias americanas) e introducirlas en nuestras zonas endémicas como la extremeña. Esto, que parece sencillo, se complicaba ante la dificultad de adaptación de las gambusias al clima de los lugares donde el número de infectados era alto, para ello se valió de su ingenio y perseverancia con la fabricación de recipientes apropiados que mantuvieran las condiciones de vida del pez hasta depositarlo en la charca o zona estancada. Logró, de esta manera, que las tasas de enfermos disminuyesen significativamente manteniendo un control in situ en la adaptación y reproducción de las gambusias americanas.
José María Kindelán divide el libro en dos claros hemisferios, antes del golpe y después.
En la primera parte, narra su llegada a Córdoba, describiendo a la vez que su trabajo el carácter humano, afable y empático con los necesitados, lo que a la postre le ocasionó su detención.
Relata en la segunda, el alzamiento en Córdoba, su arbitrario arresto, su vida en prisión, así como los acontecimientos que allí se produjeron durante los menos de tres meses que estuvo encerrado en el Palacio de los Reyes cristianos convertido en prisión provisional de los rebeldes.
Aporta el autor, fotografías, documentos y cartas de la época, entre las que se incluye una petición de liberación por parte de D. Gregorio Marañón desde Portugal al coronel Cascajo, (prolongación del firme brazo exterminador franquista que alimentó la cotidiana represión cordobesa en manos de dos personajes siniestros, D. Bruno y Luis Zurdo que practicaban la muerte por antojo)
Además de esta misiva hubo otras como la del presidente de la Cruz Roja, peticiones que no obtuvieron respuesta, silencio que presagiaba lo peor.
Es pues, otra lagrima más derramada sin motivo más aparente que la práctica de terror, entre el exterminio, la venganza y la falta de cordura acabando con el asesinato de una excelente persona y médico. Casi cien años tuvieron que pasar hasta recuperar el nombre de su calle en Navalmoral de la Mata, usurpado por el de Joaquín Calvo Sotelo.
El libro es un tributo que José María Kindelán rinde, a una figura importante, olvidada, que estaba llamada a conseguir mejorar notablemente la salud de este país durante un tiempo revanchista en el que la barbarie del golpe de estado superó con creces todas las epidemias parasitarias juntas.
Comparto hoy en el ambigú «Los distraídos» poema de la mexicana Rosario Castellanos, de su libro «Materia memorable», publicado en 1969, y de total actualidad, un llamamiento a corregir la indiferencia humana ante la realidad, el dolor y la destrucción del mundo.
Ignoramos las señales claras de desastres, violencia o sufrimiento a nuestro alrededor.
Buscamos comodidad, lujos y atención en medio del desastre, sin percatarnos de la hostilidad y el odio que impregnamos en nuestro entorno.
Somos incapaces de distinguir el bien del mal o de frenar los genocidios, la destrucción de ciudades y bosques mientras todo arde a nuestro alrededor.
Vivimos en una época en la que a pesar de todo el conocimiento de que disponemos, y con herramientas para tomar decisiones y contrastar el polvo de la paja, ponemos nuestro futuro en manos de quién sólo mira por el suyo sin ningún disimulo y seguimos haciendo buena la reflexión de Erasmo de Roterdam hace ya quinientos años:
«Cuanto menos talento tienen, más orgullo, vanidad y arrogancia exhiben. Y, sin embargo, estos necios encuentran a otros necios que los aplauden; pues los que piensan igual siempre se juntan, y además, cuanto más inútil es algo, más lo admira la mayoría».
Es hora ya de frenar este caos intencionado, recuperar la humanidad perdida, luchar por mantener los derechos conseguidos por nuestros antepasados, y salvaguardarlos para nuestros descendientes.
No hay mejor ciego que el que no quiere ver, En España, no siempre hemos tenido libertad y democracia, y hay que ser conscientes de que las podemos perder, por eso es tan importante, decidir con nuestro voto, pues si no lo hacemos, otros lo harán por nosotros. Sufrimos una ceguera voluntaria, no por falta de información ni de señales, sino una decisión consciente de negar la verdad porque resulta incómoda, dolorosa o desafiante. Cuando alguien se niega a ver, se cierra al cambio y al aprendizaje. La negación ofrece una falsa calma, pero a largo plazo cobra factura. Ver la verdad puede doler, pero ignorarla suele costar mucho más. J.L.Soba
Los distraídos
Algunos lo ignoraban. Creían que la tierra era aún habitable. No miraron la grieta que el sismo abrió; no estaban cuando el cáncer aparecía en el rostro espantado de un hombre.
Rieron en el instante en que una manzana, en vez de caer, voló y el universo fue declarado loco.
No presenciaron la degollación del inocente. Nunca distinguieron a un inocente del que no lo es.
(Por otra parte habían aprobado, desde el principio, la pena de muerte.)
Continuaron llegando a los lugares, exigiendo una silla más cómoda, un menú más exquisito, un trato más correcto.
¡Querido, si te sirven sin gratitud, castígalos!
Y en los muros había un desorden peculiar y en las mesas no había comida sino odio y odio en el vino y odio en el mantel y odio hasta en la madera y en los clavos.
Entre sí cuchicheaban los distraídos: ¿qué es lo que sucede? ¡Hay que quejarse!
Comparto este interesante artículo del Dr. Jorge Carvajal, médico cirujano colombiano, en un día especial para un amigo, compañero de café y aficiones en las mañanas domingueras de La Plaza del mercado de Logroño, recordándole que: Tu corazón es el punto donde el infinito toca el tiempo. Al respirar en el centro de tu pecho, estás sincronizando tu biología con la fuente de toda la vida. No eres un cuerpo que intenta alcanzar lo divino; eres lo divino expresándose a través de un cuerpo.
Nuestra Señora del Cortijo, Patrona de Murillo de Río Leza, La Rioja
Misterios del corazón
Introducción
El corazón es el primer órgano en formarse durante el embarazo y es crítico para el suministro de oxígeno y nutrientes para el embrión en desarrollo. El primer latido del músculo cardíaco ocurre tan tempranamente como a los 16 días del embarazo, según lo reporta un reciente estudio realizado por la British Heart Foundation de la universidad de Oxford.
Segundo a segundo desde la tercera semana de vida, el latido del corazón se repetirá un promedio de 100 mil veces por día, 35 millones de veces por año, y la astronómica cifra de unos 3000 millones de latidos durante una vida promedio. Puede bombear 5 litros de sangre en un minuto y alrededor de 1.5 millones de barriles en toda la vida, a través de una red vascular cuya longitud es de alrededor de unos 100 mil kilómetros, equivalente a dos veces la circunferencia de la tierra.
El corazón genera una compleja partitura de sonidos y ondas electromagnéticas, ondas de presión y ondas térmicas, que aportan su información compleja a través de esta extensa red vascular a todas las células. Si pensáramos que este patrón de ondas es el portador de otras miles de ondas que ondean llevando el espectro de nuestros pensamientos y sentimientos a cada espacio del cuerpo, no nos sorprendería el enorme poder del órgano emperador como gran ordenador de nuestra vida.
Pero esta función de gobierno de la vida no es autónoma. Responde a la forma en que nosotros mismos gobernamos la vida a través de la alimentación, el ejercicio, los sentimientos y emociones, la relajación, la meditación, el amor, el servicio, el sentido de realización y de trascendencia. Las funciones del corazón pueden modularse con la actividad física, la respiración y los estados anímicos.
Serenarse, alegrarse, acompañar, ayudar, inciden positivamente en toda la dinámica del sistema cardiovascular. El sólo hecho de escuchar música mientras se hace ejercicio puede incrementar hasta en un 25% el diámetro de los vasos sanguíneos.
El origen de la palabra corazón
En sánscrito, origen común del vocablo para nombrar el corazón en las lenguas indoeuropeas, el corazón es hrid. Su significado hace referencia a los saltos o latidos del corazón. Para la tradición hindú el corazón representa el cuarto chakra o centro de energía, simbolizado por un antílope en actitud de saltar.
La palabra corazón se deriva del latín cor, que hace alusión al centro y se asocia al área de los sentimientos. El vocablo sánscrito hrid, sería pronunciado krid por los griegos, luego kridía y más tarde kirdía, que dio lugar al término griego καρδια y al latino cor. Este vocablo cor o sus derivados se mantuvo con la evolución del latín hacia las diferentes lenguas romances. Así, los valencianos, catalanes y baleares utilizan cor, los franceses, coeur, los suizos de los Grisones, cor, y los italianos, cuore.
De cor se deriva también la palabra inglesa core, que se refiere a la parte central o nuclear de algo.
El misterio del corazón
A pesar de todos los avances en la investigación, el corazón representa, aún a día de hoy, un misterio mayor: Físicamente es una bomba hidráulica y un generador magnético; biológicamente es un músculo, un cerebro y un órgano endocrino; psicológicamente es un procesador emocional; espiritualmente se ha postulado como el centro de contacto con el alma. Para la tradición hindú se asocia al cuarto chakra, uno de los siete centros mayores de energía, cuya representación es la de un loto de doce pétalos, una especie de zodíaco interior.
Además el corazón es considerado hoy por los científicos del Heart Math Institute como un oscilador eléctrico maestro que regula todos los ritmos del cuerpo, y como un generador cuántico para el campo de energía que rodea y permea el organismo. La ciencia del corazón está hoy en el mismo corazón de la ciencia moderna y sus extraordinarios hallazgos han sido descritos en la disciplina emergente de la neurocardiología.
Muchas preguntas, aún con muy pocas respuestas conocidas, nos revelan que un universo misterioso se esconde en el corazón humano: ¿Existe esa corriente sutil, el hilo de la vida que conecta el alma al corazón? ¿Hay una ruptura de ese hilo en el momento de la muerte? ¿Es sostenible como lo creían los sabios de la antigua china que el corazón atesora la mente? ¿Qué significa el antiguo aforismo “un hombre es lo que piensa en su corazón”? ¿De qué modo el corazón dialoga con el cerebro? ¿Es posible transferir aspectos de la conciencia del donante al receptor en un trasplante de corazón? * ¿De qué modo nuestro status emocional se refleja en la variabilidad del ritmo cardíaco, y cómo el grado de coherencia cardíaca se refleja en todos los ritmos del cuerpo, incluidos los del electroencefalograma? ¿Por qué muchos infartos pueden ocurrir sin lesión de las arterias coronarias? ¿Existe el síndrome del corazón roto? ¿Se asocian los buenos sentimientos a la salud del corazón? ¿Es posible que vivir de corazón sea una buena receta para una vida sana? ¿Puede ser la compasión la gran medicina que necesitamos los seres humanos? Más que buscar las respuestas haremos algunas consideraciones que pueden ser de interés para poner en contexto un tema esencial para la vida humana.
*Paul Pearsall – El código el corazón. Edaf, Editorial S.A., 1998
Otra visión de la anatomía – El corazón como una cuerda que vibra.
En la década de los 70, después de 20 años de disección de miles de corazones, el cardiólogo español Francisco Torres Guasp, revolucionó los conocimientos sostenidos por más de 300 años sobre la anatomía del corazón: El corazón está conformado por una banda ventricular continua que se enrolla en una doble hélice. Ambos ventrículos son una estructura única a la que denomina banda miocárdica ventricular.
El Dr Torres Guasp define así esta banda: “Un conjunto de fibras musculares retorcido sobre sí mismo a modo de una cuerda… donde ambos ventrículos son formados por una misma banda ventricular continua que se trenza y gira sobre sí misma en forma de un helicoide y que tiene inicio y final en el nacimiento de ambos troncos arteriales”.
Este modelo implica que la diástole ventricular es un proceso activo ligado a la contracción muscular.
¿Es posible que esa cuerda, templada y afinada por un buen carácter, entre en resonancia con las vibraciones de la cuerda o hilo de la vida, que conecta el sistema de conducción eléctrico cardíaco con el alma? Nos atrevemos a pensar que esa banda ventricular continua del músculo cardíaco es el sustrato físico para la vibración sutil de la vida. En algunas tradiciones el corazón es el lugar de anclaje del cordón o hilo de la vida, una cuerda sutil que transmite la vibración espiritual a nuestra personalidad.
Así, como una caja de resonancia, la personalidad que unifica la conciencia física, emocional y mental, puede llegar a vibrar al compás de la música del alma.
Mucho nos falta aún por conocer y desarrollar en términos de la ciencia y la tecnología para confirmar esas antiguas hipótesis, pero la práctica milenaria del arte de sanar tiene muchas cosas que aportar al respecto. Por decenios muchos grupos de sanadores en el mundo han descrito las experiencias de la reconexión energética del corazón y el alma.
El campo magnético del corazón
El corazón produce un campo magnético cuya intensidad llega a ser 5000 veces mayor que la del cerebro, pudiéndose medir varios metros por fuera del cuerpo. Las líneas de este campo son portadoras de señales originadas en nuestro interior. Por ello pueden conducir al entorno información sutil, como la de nuestros estados anímicos.
Los estados emocionales armónicos son inductores de una condición psicofisiológica descrita por los investigadores de HeartMath Institute -HMI- como coherencia cardíaca, que no sólo tiene un efecto ordenante sobre la salud, sino que repercute positivamente en la armonía del entorno. En el centro de investigación del HMI los investigadores han encontrado que el corazón juega un rol central en la generación de la respuesta emocional y en el establecimiento de coherencia psicofisiológica.
La revista Frontiers in Neuroscience publicó un estudio realizado en Suecia según el cual los cantantes de los coros, además de armonizar sus voces, sincronizan los latidos del corazón. Múltiples investigaciones apuntan en la misma dirección, constatándose que sentimientos como la gratitud, la compasión y de altruismo inducen estados de coherencia que favorecen la resonancia armónica entre el corazón, el cerebro y otros sistemas biológicos.
El corazón y el alma – Perlas del collar de Indra
En el mito Hindú de la red de Indra encontramos luz para una nueva visión de la red indivisible de relaciones que unen el alma humana, con Dios y con el universo.
Desde una perspectiva sistémica el organismo humano es un sistema de sistemas, multidimensional, dinámico y complejo, conformado por una vasta red de subsistemas en la que los procesos mentales, emocionales y fisiológicos están densamente interconectados. Si contextualizamos para dar sentido a esta visión, podemos concebir esta red como una expresión de un patrón de organización mayor, la red del cosmos que en el organismo se refleja.
Esta red se encuentra simbolizada en la cosmología Hindú con el mito de Indra, una deidad mayor, en cuyo collar cada universo es como una perla. En el escrito sánscrito, que aparece en los Puranas hace unos tres mil años, el collar de Indra está formado por una red de cuerdas de seda que se expande al infinito en todas las direcciones. En cada una de sus intersecciones hay una perla de extraordinario brillo, en la que se reflejan todas las demás perlas de la red.
Estableciendo una analogía lejana, observemos como en nuestra cultura cristiana, una red de Conciencia Crística -el cuerpo místico de Cristo-, establece la comunión de las almas. Cada perla, cada alma en el collar, contiene y refleja todas las demás. En algunas tradiciones, el ánima, alma que anima la vida, se ancla al corazón. Cada ser humano como “aquel que piensa en su corazón” es quien lleva su mente superior, el vehículo del alma, para vivirlo en su propio corazón.
Si tenemos en cuenta la concepción monista que considera la unidad de todas las almas, como fractales o chispas de una sola llama, vislumbramos las implicaciones extraordinarias de una conexión directa entre el alma y el corazón. Porque una tal conexión supone, ni mas ni menos, que nuestro corazón es un punto nodal que ancla toda la estructura del espacio o campo cuántico- la misma red de los hilos de seda del collar de Indra- a nuestro cuerpo. El universo es interior.
El corazón es así un punto nodal central, expresión de la esencia del cosmos vivo en nosotros, una representación local de la no localidad del espacio cuántico – de Brahma o la inteligencia espiritual del espacio en la cosmovisión hindú y el Espíritu Santo en la tradición cristiana.
Ponerle el alma a la vida
Vivir desde el alma, implica la pureza de intención, la transparencia, la inocencia y la plenitud de la presencia. Esto genera la experiencia céntrica de la plena manifestación del alma en el corazón.
Pensar como si el pensamiento estuviera matizado por el más noble deseo del corazón. Sentir como si en el corazón vibraran emociones y pensamientos en resonancia con la voz del silencio, la música del alma. Actuar como si cada acción fuera movida por el más noble y puro deseo del corazón. Pensar, sentir y actuar, en un campo unificado de conciencia, caracterizado por la pureza de la inocencia y la transparencia. Esto es vivir de corazón.
¿Es posible vivir con autenticidad y genuina paz, poniéndole el alma a la vida? ¿Es posible restaurar la belleza de la sencillez para desplegar sin obstáculos el pleno potencial del ser? ¿Es posible encender el fuego adentro, descongelar la vida y restaurar la pasión del compromiso con la causa sagrada de la creación, expresada de un modo único en cada vida?
Vivir de corazón es la respuesta a todas y cada una de las anteriores preguntas. Acceder a la sabiduría del alma es vivir de todo corazón, lo que nos permite experimentar la plenitud que producen la gratitud, el altruismo y la compasión.
El corazón y la energía del amor
El vernos sometidos a un estrés físico o emocional intenso, como la pérdida de un ser querido, puede rompernos literalmente el corazón. Esto se conoce como “síndrome del corazón roto” o cardiomiopatía de Tako-tsubo, y se presenta con síntomas similares a los de un ataque cardíaco, aunque temporal y pasajero, pues no deja secuelas.
El amor es un torrente de vida que vivifica la urdimbre de nuestras relaciones. La fuente de ese torrente es el alma; el espacio del que está brotando cada momento es el centro; el tiempo en el que discurre permanentemente es el presente. En el más amplio sentido, el corazón es el espacio tiempo céntrico del ahora y aquí. Instancia del alma, el corazón nutre todas las dimensiones del ser. Lleva a través de sus ríos interiores todos los nutrientes de la vida física, el alimento sutil de la vida emocional y la materia prima de los sentimientos en los que vivimos.
Aunque esté programado para latir automáticamente y sostener la vida vegetativa, nuestro corazón cualifica la emoción y el pensamiento y es el soporte de nuestros sentimientos.
Si no vivimos la vida desde el centro, todas las acciones pierden su valor. Si no tiene raíces en el corazón todo pierde significado. Sin la savia del corazón no podríamos florecer. Como fuente mayor de energía en el cuerpo, el corazón no sólo recibe, enriquece y proyecta la sangre que nutre todas las células sino que refleja el estado emocional. Si hay armonía, hay alegría, compasión y gratitud. Y estas entran en resonancia con la vibración del alma que se expresa en la vida como una corriente de servicio.
Cuando hay armonía emocional se produce coherencia cardíaca, un estado de unificación en el que pensamiento y emoción se armonizan con la acción. El corazón es ese centro desde el cual la energía del amor en movimiento da valor al pensamiento, al sentimiento y a la acción. Antes de pensar, lo sabemos en neurociencia, sentimos. Así, la emoción va a una velocidad mayor que el pensamiento y lo cualifica.
La invitación es a ponerle el alma a la vida, viviendo de todo corazón.
Jorge Carvajal, en Unalma, 27 enero 2021
Dios sosteniendo el mundo en sus manos. Iglesia de San Esteban (Murillo de Río Leza, La Rioja)
«Si somos libres en el corazón, no habrá cadenas hechas por el hombre con fuerza suficiente para sujetarnos».
“El arma más potente en manos del opresor es la mente del oprimido.”
“Es mejor morir por una idea que vivirá, que vivir por una idea que morirá.”
Steve Biko
Conocí la historia de Stephen Biko, como la de otros hombres relevantes en nuestra historia, por medio de la música, esta en concreto por esa especie de himno que le dedicó Peter Gabriel, tras abandonar en 1975 por motivos personales Genesis, como colofón de su tercer álbum en solitario, Peter Gabriel III, publicado en mayo de 1980 y que a mi entender, es su mejor álbum, aunque he de decir que me gusta y he seguido todo lo experimental y creativo que ha aportado a la música en todos sus discos. J.L.Soba
En “Biko” Peter Gabriel nos sorprendía con tribales ritmos y cánticos africanos que se salía de todo lo que había escuchado hasta ese momento, y que me hacía repetir constantemente como un mantra que me daba mucha vitalidad.
Todo esto, me hizo indagar en la historia y el personaje que inspiró esta hermosa canción, el activista sudafricano contra el apartheid , que murió tras ser detenido y torturado por la policía de su país, el 12 de septiembre de 1977. La letra describe los hechos y en el final de la canción se incluyen grabaciones de los cantos que sonaron en su funeral.
“Biko” prohibida en Sudáfrica, fue éxito en todo el mundo y sus ganancias fueron donadas por el cantante al Movimiento de Conciencia Negra.
“Puede que Steve Biko no se haya convertido en el médico que se propuso ser, pero sí se convirtió en un médico de la mente y el alma de Sudáfrica, tanto para los negros como para los blancos”.
Steve Biko
Bantu Stephen Biko nació el 18 de diciembre de 1946 en Ginsberg, un poblado a las afueras de la ciudad de King William’s Town, en el este de Sudáfrica. Se educó en la Escuela Secundaria de Forbes Grant y en Lovedale College, y obtuvo su bachillerato en Marian Hill, una institución de la Iglesia Católica. En 1966 inició la carrera de Medicina en la Universidad de Natal.
Biko fundó en 1969 la Organización de Estudiantes Sudafricanos (SASO), que comenzó a ofrecer asistencia médica y legal a comunidades negras y a impulsar la creación de pequeñas empresas. En 1972 participó en la fundación de la Convención de Pueblos Negros, que reunía a más de 70 asociaciones. Una de ellas era el movimiento estudiantil que estuvo en el centro de uno de los episodios más sangrientos del apartheid: la protesta de niños y adolescentes negros que exigían lecciones en sus propias lenguas, y no en el lenguaje oficial de los blancos, el afrikaans.
Los llamados levantamientos de Soweto costaron la vida de más de 100 menores, entre ellos Hector Peterson, de 13 años. La foto de Peterson ensangrentado en los brazos de su hermano dio la vuelta al mundo y se transformó en uno de los símbolos de la lucha contra el apartheid.
En 1973 Biko fue sometido al régimen de «prohibición» utilizado por el gobierno para silenciar a los opositores. Se le impidió salir de King Williams Town y hablar o escribir sobre sus ideas políticas. Biko desafió la prohibición más de una vez, asistiendo a reuniones políticas y pronunciando discursos.
Fue arrestado e interrogado en numerosas ocasiones, la última tuvo lugar en agosto de 1977. Biko, ya entonces casado y con dos hijos pequeños, regresaba de un mitin político y fue detenido en Port Elizabeth. De acuerdo a testimonios prestados ante la Comisión de Verdad y Reconciliación dos décadas después, «Biko sufrió una lesión en la cabeza durante un interrogatorio, luego de lo cual actuó extrañamente y no cooperaba. Los doctores que lo examinaron (desnudo, sobre una estera, encadenado) ignoraron señales claras de daño neurológico».
El 11 de septiembre Biko entró en un estado de semiconsciencia y el médico recomendó trasladarlo a un hospital. No fue, sin embargo, ingresado a un hospital local. La policía lo trasladó 1.200 km hasta Pretoria, donde, desnudo y solo en una celda, el líder africano falleció de daño cerebral. Tenía 30 años.
“Puede que Steve Biko no se haya convertido en el médico que se propuso ser, pero sí se convirtió en un médico de la mente y el alma de Sudáfrica, tanto para los negros como para los blancos”.
«Biko»
Septiembre and’77 port elizabeth buen tiempo fue como de costumbre en la habitación de la policía 619 Oh Biko, Biko, porque biko Oh Biko, Biko, porque biko yihla moja, moja yihla -El hombre está muerto
cuando trato de dormir por la noche sólo puedo soñar en rojo el mundo exterior es blanco y negro con un solo color muertos Oh Biko, Biko, porque biko Oh Biko, Biko, porque biko yihla moja, moja yihla -El hombre está muerto
puede apagar una vela pero canand’t apagar un incendio una vez que las llamas comienzan a coger el viento soplará lo más alto Oh Biko, Biko, porque biko yihla moja, moja yihla -El hombre está muerto
y los ojos del mundo están puestos viendo ahora viendo ahora
Millor Fernandes es un humorista, dramaturgo, escritor y traductor brasileño al que se le ocurrió la pregunta del millón:
¿Cuál es la diferencia entre un político y un ladrón?
Las respuestas fueron muy variadas, pero ninguna tan ingeniosa, y acertada, como la de Fabio Viltrakis:
Estimado Millor, después de una larga búsqueda llegué a esta conclusión:
La diferencia entre el ladrón y un político es que yo elijo a uno, y el otro me elije a mi. ¿Estoy en lo cierto?
La contestación de Millor fue:
Viltrakis, usted es un genio … Es el único que logró encontrar una diferencia!
Espero que esto no moleste a los políticos (ni a los ladrones).
Un Ladrón (1887), obra de Antonio Maria Fabrés y Costa, Museo del Prado, Madrid.
El crecimiento del ladrón
abía un gran maestro, un maestro budista llamado Nagar. Un ladrón acudió a él. El ladrón había quedado prendado del maestjunaro porque nunca había visto una persona tan bella, con tan infinita gracia. Le preguntó a Nagarjuna:
-¿Existe alguna posibilidad de que yo también crezca? Pero tiene que quedarte clara una cosa: soy un ladrón. Y otra cosa: no puedo dejarlo, así que por favor no me pongas esa condición. Haré cualquier cosa que digas, pero no puedo dejar de ser ladrón. Lo he intentado muchas veces, pero nunca da resultado, así que he renunciado a ello. He aceptado mi destino, que siempre seré un ladrón y seguiré siéndolo, así que no me hables de eso. Que quede claro desde el principio.
Nagarjuna dijo:
-¿Por qué tienes miedo? ¿Quién te va a hablar de que eres un ladrón?
-Es que cada vez que acudo a un monje, a un sacerdote o a un santo religioso, siempre me dicen: «Lo primero es que dejes de robar» -dijo el ladrón.
Nagarjuna se echó a reír y dijo:
-Entonces debes de haber acudido a ladrones. Si no, ¿por qué habría de importarles? A mí no me importa.
El ladrón se puso muy contento y dijo:
-Pues entonces, de acuerdo. Parece que ahora podré ser discípulo. Eres el maestro adecuado.
Nagarjuna le aceptó y dijo:
-Ahora puedes irte y hacer lo que quieras. Solo tienes que cumplir una condición: sé consciente. Ve y asalta casas, entra y coge cosas, roba. Haz lo que te parezca, a mí no me importa porque yo no soy 1adrón. Pero haz lo con plena conciencia.
El ladrón no se daba cuenta de que estaba cayendo en la trampa
y dijo:
-Entonces, todo está muy bien. Lo intentaré.
Al cabo de tres semanas, regresó y dijo:
-Eres un tramposo. Porque si me hago consciente no puedo robar. Si robo, la conciencia desaparece. Estoy en un buen lío.
Nagarjuna le dijo:
-Ya basta de hablar de robar y de que eres ladrón. A mí eso no me importa, yo no soy ladrón. Ahora decide tú. Si quieres conciencia, tú decides. Si no la quieres, también decides tú.
-Pero es que ahora es difícil -dijo el hombre- Lo he probado un poquito, y es tan hermoso… Lo dejaré todo, haré lo que tú digas. -y siguió diciendo- La otra noche, por primera vez, conseguí entrar en el palacio del rey. Abrí el tesoro. Podría haberme convertido en el hombre más rico del mundo, pero tú me ibas siguiendo y tuve que ser consciente. Cuando me hice consciente, perdí de pronto toda motivación, todo deseo. Cuando me hice consciente, los diamantes me parecían simples piedras, piedras vulgares. Cuando perdí la conciencia, el tesoro estaba allí. Esperé y lo volví a hacer muchas veces. Me volvía consciente y era como un buda, y no podía ni tocar el tesoro porque todo el asunto me parecía una tontería, una estupidez… simples piedras. ¿Qué estoy haciendo? ¿Perderme por unas piedras? Pero entonces perdía la conciencia y volvían a parecerme preciosas, toda la ilusión volvía. Pero al final decidí que no valían la pena.
En tiempos de mi niñez como nevera no había para aliviarse la sed del botijo se bebía.
No era fría ni caliente digamos, que era del tiempo, y empinando del botijo se recobraba el aliento.
Los que al beber, no eran diestros bebían de la boca a morro y otros simple y llanamente lo hacían chupando el pitorro.
Pero el que en ello era experto alzaba el botijo en alto y a placer bebía a chorro hasta que quedaba harto.
Sobre la mesa camilla el botijo se encontraba siempre lleno y bien dispuesto por si se necesitaba.
Con él se iba a la fuente a llenarlo de agua clara un agua, que su sabor a quien bebía le gustaba.
De él bebían los niños, los mozalbetes y ancianos, y todos le iban sobando la barriga con las manos.
Y el botijo generoso y sabedor de su hacer, agradecía el manoseo y se dejaba querer.
Cuánto se podría decir del botijo y sus virtudes, si al labrador se pregunta… lo pondría por las nubes.
En las labores del campo imprescindible se hacía sobre todo cuando el sol apretaba al mediodía.
Y en las noches estivales cuando se salía a la fresca el botijo no faltaba en la tertulia y la gresca.
De anécdotas un sin fín de él se podrían contar pero, tan largo sería que aquí ya voy a cortar.
Hecho con un gran primor artesanalmente a mano, no hay que negar sus virtudes y el gran servicio prestado.
Quien del botijo de barro diga que nunca ha bebido, yo les digo que no saben lo bueno que se han perdido.
Pepita Calles Crespo
Mitigando la sed, bebiendo en botijo, en la plaza del municipio conquense de Enguidanos
La tecnología del botijo
Dicen los alfareros que lo más difícil de hacer es un botijo y que conseguirlo es un reto, que requiere mucho trabajo, tiempo y maestría. El botijo puede ser un objeto de decoración o de arte (hasta Picasso, diseñó y pintó algunos); pero el botijo que se identifica con los pueblos, el trabajo del campo y el calor, es un recipiente de barro cocido poroso, diseñado para beber y conservar el agua fresca.
En alfarería se define como una vasija de cuerpo esferoide, con un asa en la parte superior y con dos orificios, la boca y el pitorro. En la época de nuestros antepasados era imprescindible, cómo el “no va más” de la tecnología y decían, al beber: ¡Se me calan los dientes, de lo fría que está!
El botijo, como otros objetos de arcilla, es muy antiguo. Se cree que su origen está en Mesopotamia (actualmente, Irak, Siria, Kuwait y parte de Turquía) hace unos 5500 años, cuando se empezaron a desarrollar las primeras técnicas de cocción del barro. En España, se encontró el primer botijo en un yacimiento de Murcia, de hace 3.500 años (eso indica que en esa zona ya hacía calor). En la edad de Bronce (1700 a 1100 a.C.) se utilizó en todos los pueblos mediterráneos y en la Grecia antigua, no sólo para beber agua, sino también como objeto decorativo.
Un botijo está fabricado con un material poroso (barro cocido), y como dispone de dos aberturas (para su llenado y para beber), su diseño hace que el agua circule dentro del recipiente, en un proceso de evaporación constante. El agua filtrada por los poros, se evapora al entrar en contacto con el aire seco del exterior y extrae parte de la energía térmica interna, produciendo el enfriamiento del agua.
En las últimas oposiciones M.I.R. (Médicos Internos Residentes) han quedado sin cubrir 500 plazas de la especialidad Médico de familia, que es la más humilde y sacrificada, pero también la más adecuada para quien tenga vocación de médico. Es una pena.
Contaba mi padre que había en Almagro un médico llamado D. Huberto, que curó a mucha gente con métodos caseros. En la placa de su consulta decía: “Médico antiguo”. En concreto, a mi padre lo curó de la tosferina, que era una enfermedad mortal en aquella época.
En mi niñez y adolescencia, recuerdo el médico de pueblo que nos visitaba en las casas, con su carro, su mula, su carretero, y su estetoscopio: ¡Qué poco necesitaba! Los que yo conocí, eran D. Antonio Cárdenas y D. José Almodóvar, los dos muy buenos profesionales, y los dos muy agradables. En la mayoría de los casos mandaban inyectables o jarabes. Ahora se ve que las inyecciones se han vuelto antiguas. Ahora, eso sí, el carretero llevaba su botijo.
D. Antonio y su esposa figuran en los álbumes de fotos de los de mi edad (72), porque vino el obispo al pueblo, y a todos nos confirmaron (aunque fuéramos pequeños). Pero además nos hicieron una foto. Por su parte, el otro médico, D. José, era una eminencia y también operaba en el Hospital de Ciudad Real; pero era mal visto por algunos, por ser de izquierdas.
Otro D. José (párroco de la iglesia Madre de Dios, de Almagro) decía siempre en sus sermones: “Obras son amores y no buenas razones”, y eso debían aplicárselo muchos (yo, el primero).
Un profesional o científico es bueno si obtiene buenos resultados, o al menos, si hace todo lo posible por conseguirlo. Un gobernante es bueno, no porque sea buen orador o tenga buena planta; sino porque lo haga bien, mejorando las condiciones de vida de sus gobernados. Pero no hay verdades políticas o religiosas: sólo hay verdades o sentido común.
Un botijo cumple con su misión: enfriar el agua, y posiblemente la Inteligencia Artificial desdeñe a los objetos antiguos como los botijos, pero son útiles y no pueden ser utilizados como armas de guerra (o al menos, son poco eficaces).
A menudo me vienen imágenes de los jornaleros o de los segadores, con su botijo y, sobre todo, los campesinos trillando la mies en las eras. ¡Qué vida tan difícil y tan dura!
Por eso, no podemos (ni debemos) volver a la época del botijo, y sí debemos aprovechar lo bueno de la tecnología actual, y sus avances, para mejorar nuestra calidad de vida y la de los demás.
Decía Sócrates, sabio filósofo griego (s. V a. C): “Yo solo sé que no sé nada“. Eso está pasando con la ciencia y la tecnología actual, que avanza tan deprisa que no da lugar a conocer algo, cuando ya está desfasado.
A finales del s. XIX y comienzos del XX, con el descubrimiento de la radiactividad y de las ondas electromagnéticas, se creía que “ya se había descubierto todo” y que no quedaba “nada” por descubrir a la Ciencia. Sin embargo, si echamos una vista atrás, vemos, que no sólo no tenían razón, sino que todo ha cambiado, sobre todo en tecnología; y eso conlleva cambios, incluso en la vida diaria y en la forma de relacionarnos.
Un botijo es una obra de artesanía manual y sólo necesita la energía del artesano, moviendo el torno. La tecnología actual necesita materiales, energía y robots, en una pirámide que puede caerse en cuanto falle la base: los materiales y la energía.
Quizás la solución esté en saber distinguir entre lo real, lo cotidiano, lo útil, lo necesario: el cariño, la convivencia, el respeto, la solidaridad, etc.; y lo tecnológico o virtual, que nunca puede sustituir lo humano, sólo complementarlo.
Ahora, eso sí aconsejo. No tiremos el botijo, por si se va la luz y no funciona el frigorífico. O cómo dicen ahora: opción B, para cuando falta la A.
«En el mundo no hay más que un camino que sólo tú puedes recorrer: ¿A dónde conduce? No preguntes, síguelo. ¿Quién dijo que «un hombre jamás se eleva tan alto como cuando no sabe a dónde puede llevarle su camino»? Friedrich Nietzsche
Caminando por los caminos de Islallana-Viguera (La Rioja) fotografía creada con inteligencia natural. J.L.Soba
Tú lo elegiste
—Tú lo elegiste.
—¿Yo lo elegí?
—Sin duda.
—¿Pretendes decirme que elegí vivir en este mundo de tristeza, soledad, desesperación, crueldad y muerte? ¿Que decidí pasar por tantas situaciones de desamor, frustración y sufrimiento? ¿Que elegí la familia que tengo, con todos los conflictos y y sinsabores que me ha acarreado a lo largo de la vida? ¿De verdad quieres que me crea que fui yo la que quiso, voluntariamente, pasar por todo esto?…
—No solo lo elegiste, sino que lo estuviste planeando cuidadosamente…
—Si realmente es como dices, ¿por qué no lo recuerdo?
—Si lo recordaras, la experiencia apenas tendría sentido. No existe despertar sin sueño, ni recuerdo sin olvido…
—Muchas veces me gustaría marcharme de aquí. Hay veces que siento que no aguanto más. Resulta insoportable ver y experimentar determinadas cosas.
—Es comprensible, pero la idea no es que te marches, sino que tengas claro para qué viniste.
—Entonces, ¿para qué vine? A veces pienso que solo he venido a pasarlo mal…
—No. Viniste a despertar, como te he dicho. El hecho de que te resulte tan difícil estar aquí es una señal inequívoca de que ese despertar ya está en marcha. Muchas personas ni siquiera se cuestionan la realidad en la que viven y creen que las cosas siempre han sido (y serán) así. Tu incomodidad, sin embargo, te está conduciendo a una comprensión nueva, a hacerte preguntas, a plantearte otros modos de entender la vida. Cuando comienzas a percibir que las cosas no tienen por qué ser siempre así, surge la posibilidad de crear otro tipo cosas. Cosas nuevas. Ilusionantes. Más agradables. Para ello se necesita mucha valentía, mucho valor, mucho coraje, ya que es muy sencillo caer en el inmovilismo y en la resignación. El ser humano lleva demasiado tiempo atascado en esos dos conceptos. Por eso estás aquí: para aportar esa nueva energía, esa nueva comprensión, ese nuevo impulso.
—Pero ¿cómo? Muchas veces me siento paralizada. Inundada por el temor y la confusión. Soy consciente de que las cosas pueden ser de otra manera, pero me cuesta mucho creer en el cambio. Es como si estuviera dominada por una inercia triste y monótona que me abruma y me impide ir más allá de mis límites, de mis creencias, de lo que veo a diario en mi entorno… No puedo evitar pensar que mi presencia es insignificante, muy poco valiosa… ¿Cómo salir de este bucle de temor e indefensión?
—Liberándote de tu identidad de víctima y tomando conciencia de tu poder interior, que es mucho más inmenso de lo que nunca podrás llegar a imaginar. Despertar consiste en que reconozcas ese poder y confíes en él. Para dejar de ser una víctima, primero has de reconocer que lo eres. Este es el momento más crítico en todo despertar, ya que la identidad quejumbrosa pugnará por no ceder su trono. El siguiente paso es confiar. Confiar en ti misma, en tu corazón, en lo que te dicte tu alma. ¿Te das cuenta de que nunca has confiado en ti ni en la vida? Siempre has estado mirando afuera, tratando de quedar bien, de hacer lo que los demás hacían, de «integrarte», de no parecer «rara»… Pero tú sabes que esa no es la solución. Ve a tu interior, indaga y observa qué es lo que brota de él… Reconoce que hay algo en ti que añora surgir, expresarse, salir a la luz… Dale su espacio. Permítete ser. Y recuerda que huir no es el objetivo, sino despertar a la comprensión de que no hay nada de lo que huir. Cuando la conciencia emerge, cualquier lugar puede transformarse y florecer. La paz, al fin, llega.
Hoy comparto en el ambigú una entrada en agradecimiento y homenaje a Luis de la Fuente, un jarrero que sin necesidad de hacer gestos o declaraciones estridentes, a pesar de todas las críticas y declaraciones sobre su trabajo, ha logrado que la Selección Española de Fútbol, funcione como un auténtico equipo, y no ver un mal gesto en los que por su forma de ver y gestionar los partidos, no han jugado, o lo han hecho poco.
Como decían sus detractores, es de perfil bajo, pero ha demostrado estar capacitado de sobra para la misión que le encomendaron, y es de agradecer que los jugadores, a los que Luis ha dirigido a la mayoría en las categorías inferiores de la Selección, siempre le hayan dado su apoyo.
Valga este homenaje de un riojano para otro riojano, compartiendo una reflexión y una hermosa parábola que espero sean de vuestro agrado. J.L.Soba
Luis de la Fuente, en su época de jugador del Atletic de Bilbao
Echa raíces profundas antes de salir a conquistar tu realidad y lanzarte en pos de tus sueños. • Sé flexible, nunca te quiebres, aunque a veces pienses que la vida pesa demasiado. • Practica la humildad. • Sé agradecida y bondadosa. • Prepárate para ser útil en muchos terrenos de la vida.
Ismael Cala en «El secreto del Bambú».
De la Queja al Éxito
Una Parábola de Paciencia y Perseverancia
En un remoto monasterio en las montañas, vivía un discípulo llamado Haruto. A diario, se acercaba a su maestro con una lista interminable de quejas: el clima era demasiado frío, la comida insípida, sus compañeros molestos y, sobre todo, su incapacidad para alcanzar el éxito en sus meditaciones y tareas.
Una mañana, Haruto encontró a su maestro, el sabio Yuto, sentado al borde de un lago tranquilo. Decidido a compartir sus frustraciones una vez más, Haruto dijo:
«Maestro, lo intento todo, pero nada funciona. El clima es insoportable, la comida es insulsa, mis compañeros me distraen, y no logro alcanzar el éxito en ninguna de mis tareas. ¿Cómo puedo encontrar paz y éxito en medio de tanta adversidad?»
El maestro Yuto, sin decir una palabra, se levantó y le pidió a Haruto que lo siguiera. Caminaron juntos hasta un campo cercano, donde Yuto señaló dos plantas que crecían lado a lado. Una era un fuerte bambú y la otra, una delicada flor silvestre.
«Observa estas dos plantas,» dijo Yuto. «El bambú tarda años en crecer sus raíces antes de que puedas ver algo en la superficie, pero una vez que empieza a crecer, se eleva rápidamente y con fuerza. La flor silvestre, en cambio, crece rápidamente, pero también es frágil y perece con facilidad.»
Haruto miró las plantas, pero no comprendía el mensaje. Entonces, Yuto continuó:
«Ambas plantas enfrentan el mismo clima, el mismo suelo y el mismo entorno. Sin embargo, cada una encuentra su manera de crecer y florecer. Tu camino hacia el éxito y la paz es como el del bambú; requiere paciencia, tiempo y persistencia. Si pasas todo tu tiempo quejándote del clima y del entorno, nunca permitirás que tus raíces se fortalezcan.»
Haruto permaneció en silencio, meditando sobre las palabras de su maestro. Comprendió que sus quejas eran como una sombra que oscurecía su camino, impidiéndole ver su propio potencial y crecimiento. A partir de ese día, decidió abrazar las adversidades como parte de su viaje, permitiendo que sus raíces se hundieran profundamente en la tierra de la paciencia y la perseverancia.
Y así, Haruto dejó de quejarse y comenzó a encontrar la paz en cada pequeño avance, sabiendo que su éxito, al igual que el bambú, vendría a su debido tiempo.
Recuerda:
Pregúntate qué te están diciendo tus quejas sobre áreas de tu vida que necesitan atención o cambio.
Convertir tus quejas en pasos concretos para mejorar tu situación puede empoderarte y reducir la sensación de impotencia.
Reflexiona sobre por qué ciertos aspectos de tu vida te molestan y qué necesidades no están siendo satisfechas.
Piensa:
¿Qué estás aprendiendo de las dificultades y obstáculos que enfrentas actualmente?
¿Cómo cambiaría tu vida si decidieras aceptar completamente tu situación actual, en lugar de resistirte a ella?
¿Cuáles son las creencias y pensamientos que están contribuyendo a tu sensación de fracaso y frustración?
**Moraleja:**
«La queja constante es una señal de que algo en tu vida necesita cambiar.
En lugar de permitir que las quejas te paralicen, úsalas como un guía para identificar problemas y tomar medidas.
Así, transformas la insatisfacción en crecimiento y encuentras en la adversidad una oportunidad para florecer.»
¡Atrévete! No tienes nada que perder; peor sería perderte a ti mismo. Nunca pierdas tu espíritu crítico. No des nada por hecho; nunca se sabe. No permitas que te etiqueten, y menos vivir de conceptos. No permitas que te metan ideas en la cabeza como si fueras un buzón. Permítete pensar, equivocarte y volver a empezar. Y si te pierdes en el camino, quizás será para que encuentres la salida adecuada.
Amélie Firpo
Duffi Sheridan, Una caracola de mar
«Instrucciones para cambiar el mundo»
» Los periódicos nos engañan, la actualidad miente: cada día, a todas horas, por todas partes parecen ocurrir cosas originales e inesperadas, hechos nunca vistos, acontecimientos insólitos. Tenemos la impresión de que el presente vive en ebullición y el mundo es un lugar en cambio constante, que a todas horas se reinventa a sí mismo, donde la realidad es siempre inédita. Por supuesto, es un espejismo: quien ha vivido un día los ha vivido todos. Que yo sepa, nadie lo entendió mejor que Marco Aurelio, emperador de Roma y uno de los hombres más sabios que en el mundo han sido. “El que ha visto lo presente, lo ha visto todo”, escribió a mediados del segundo siglo de nuestra era: “lo que hubo en el pasado indefinido y lo que habrá en el futuro interminable, pues todo tiene el mismo origen”.
Los antiguos imaginaban el tiempo como un círculo, en el que todo reaparece y cíclicamente se repite; nosotros, marcados por la muerte y resurrección de Cristo, que constituyen hechos irreversibles, lo entendemos como una flecha lanzada por un arco. “Vivir es ver volver”, escribió Azorín recordando a Nietzsche, quien rescató la concepción del tiempo de la Grecia antigua (Eterno Retorno, la llamó). Todo ha ocurrido ya muchas veces, pero olvidamos con facilidad, y de ahí que todo nos parezca novísimo, inaudito; además, leemos poco y mal, así que repetimos una y otra vez los mismos errores. Los periódicos nos engañan, la realidad es una tramoya: no es la primera ocasión en que Rusia invade Ucrania, la guerra de Irán ha estallado muchas veces y el mundo ha caído muchas veces en manos de un ególatra desquiciado y rodeado de una banda de aduladores, maleantes y arribistas. Es verdad que, contra lo que parece, o contra lo que puede sentir quien vive el presente sin el pasado, el mundo de hoy no es peor que el de ayer; al revés: es un hecho que hoy se libran menos guerras que nunca y que existe menos violencia, menos pobreza, menos analfabetismo o menos mortandad infantil que nunca. Pero también es verdad que los seres humanos somos más o menos como siempre hemos sido: jamás han abundado entre nosotros la bondad ni la rectitud ni el altruismo ni el coraje ni la inteligencia; en cambio, convivimos a diario con la maldad, la mentira, la cobardía, la envidia, el odio, la estupidez. Para ser consciente de ello no es preciso ser pesimista: basta con una cierta dosis de realismo. Quienes estamos biológicamente incapacitados para adquirirla sobrevivimos como podemos, inoculándonos a diario los antídotos que suministran los sabios, contravenenos idénticos porque el problema siempre ha sido idéntico e idéntica la forma de solucionarlo, o de intentar protegerse de él. Marco Aurelio urge a refugiarse en el “soberano interior” (el “dios interior”, lo llama también), un reducto íntimo, invulnerable al mal y los vaivenes de la fortuna, al que uno siempre puede retirarse y vivir libre de inquietud y de tormento, alejado del ruido hueco que nos rodea; pero, si bien se mira, ese fortín feliz, recóndito y blindado del emperador pagano no es muy distinto del Dios católico de Teresa de Ávila, al menos tal y como aparece en un poema justamente memorable que es también una oración para desamparados: “Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta: / solo Dios / basta”. Es muy improbable que la santa castellana leyera al estadista romano, pero su soberano exterior se asemeja al soberano interior de aquél como una gota de agua a otra.
Vivir es ver volver, todo se repite en la historia, la política y la moral, a diario se modifican las formas, pero el fondo es siempre el mismo, los seres humanos somos lo que somos y, ya que es muy difícil cambiar el mundo —no podemos impedir las invasiones ni terminar con las guerras ni mandar al cubo de la basura a los gobernantes tarados—, al menos cambiemos nosotros, que es la única forma que tenemos de cambiar el mundo. No sé cómo dijo esto santa Teresa; Marco Aurelio lo dice así: “Es ridículo no protegerse de la propia maldad, lo que es posible, y hacerlo de la de los demás, lo que es imposible”.»
Acabo de leer el libro del escritor y periodista Carlos Elordi.»Los años difíciles» (Madrid, Aguilar, 2002), presentada en septiembre de 2002 por Iñaki Gabilondo, director del programa Hoy por hoy de la cadena SER -y resultado de una iniciativa de ese programa-, que recoge testimonios, cartas y apuntes de personas anónimas que sufrieron unos y murieron otros, víctimas de la represión de posguerra.
Hoy viernes, en vísperas del partido de este domingo, entre España y Argentina con el título de campeón del Mundo de fútbol en juego, comparto de entre las muchas historias que contiene este libro, de un dramatismo extremo, una sencilla historia, que me emociona por la inocencia de su protagonista, un niño pobre de postguerra, y que muchos de nosotros, no con tanto dramatismo, nos identificamos y hemos tenido que vivir de niños, cuando jugábamos un partido de fútbol, a la hora de hacer concesiones al dueño del balón. J.L.Soba
El balón del hijo del señorito
Manuel Jimena nos mandó esta carta desde Córdoba. En ella y sin mencionar la adscripción política de los que aparecen en su historia, cuenta algo que a el le ocurrió en la postguerra.
«Este hecho sucedió el día de Reyes del año 1949, cuando me faltaba un mes para cumplir 9 años. Sólo quienes han vivido en aquellos años pueden comprender la emoción que unos niños llegaron a sentir al ver por primera vez en su vida un balón de reglamento. Yo vivía cerca de un barrio de gente bien. Mis amigos y yo éramos hijos de gente obrera más pobres que las ratas. Nos juntábamos a la recacha de una casa solitaria que estaba cerca del llano en donde jugábamos a la pelota. Ibamos llegando de uno en uno, todos iguales, tiritando de frío con las manos en los bolsillos y las caras mohinas. Todos preguntábamos «¿qué te han echado los Reyes» y todas las respuestas eran iguales, «nada, ni un triste caramelo». El de Reyes era para nosotros el día más triste del año. Cuando ya estábamos todos para jugar el partido con nuestra pelota de trapo tuvimos una aparición que para nosotros fue más que divina. Se trataba de un niño con un equipo completo de fútbol con sus botas de reglamento, con tacos de espay y debajo del brazo un balón que nosotros sólo habíamos visto en los cromos en los que aparecían los porteros agachados con su gorra y sus guantes apoyados en él. Todos al mismo tiempo nos fuimos hacia el niño diciendo: «Vamos a jugar», pero su respuesta fue un «no» tajante así que empezamos a hacerle la pelota, pero nada, que no había manera. Pero para nosotros estaba claro que teníamos que jugar con el balón, así que me acerque al niño por detrás, le di con mi puño al balón y éste saltó. Creo que no llegó a tocar el suelo, pues antes ya estábamos dándole patadas. Enseguida formamos dos equipos. El niño se fue llorando y nosotros estuvimos jugando toda la mañana hasta que el niño llegó acompañado de su padre. Allí se quedaron los 3, el niño, su padre y el balón. Nosotros desaparecimos. Ése fue el mejor día de Reyes de nuestras vidas».
«A mí, al poco, aquello se me olvidó, pero unos cuantos días después mis padres recibieron una carta del Tribunal Tutelar de Menores en la que se les decía que uno de ellos había de presentarse allí conmigo. «¿Se puede saber qué has hecho para tener que ir a un sitio así?», me preguntaba mi madre. Yo no era consciente de haber hecho nada malo, pero cuando llegamos al Tribunal y vi que allí estaba el padre con el niño ya supe de qué iba la cosa. Primero entramos nosotros. Yo iba temblando. El juez me tranquilizó y me dijo: «cuéntamelo todo tal y como sucedió». Cuando lo hice, el juez añadió: «tiene que haber algo más, porque este hombre te acusa de haber amenazado de muerte a su hijo para quitarle el balón. ¿Eso es verdad?». «Lo que pasó ya se lo he contado», le contesté yo. Entonces el juez se quedó un momento callado mirándome y luego se dirigió a mi madre diciéndole: «Señora, llévese de aquí a este niño». Nunca volví a tener noticias de aquello, pero el miedo que pasé se me quedó grabado para siempre y si hoy escribo ésto es en homenaje a un juez justo y humano que tuve la suerte de encontrar en mi vida, porque yo el único crimen que cometí fue el de tener la osadía, y más en aquellos años, de quitarle por un rato el balón al hijo de un señorito».
Carlos Elordi.»Los años difíciles» (Madrid, Aguilar, 2002), páginas 317,318 y 319.