lunes, 6 de julio de 2026

¿DÓNDE PONEMOS NUESTRA ESPERANZA?

Mt 9, 18-26

En algunos momentos la vida es hermosa, pero en otros se torna dura, incomprensible y hasta difícil de seguir. Todo se viene abajo como un castillo de naipes; solo queda la esperanza.

—¿La esperanza?… —Y mirando a los demás, dijo Agustín—, ¿qué esperanza?

Nadie se atrevió a responderle y se hizo un largo silencio.

Cuando parecía que la cosa se iba a quedar ahí, Manuel levantó la voz y replicó:

—¿No hay nadie que tenga esperanza? ¿Todos los presentes se resignan a que la muerte tenga la última palabra?…

Mantuvo los ojos fijos en los que le escuchaban, muchos con la mirada hacia abajo, y comentó:

—No es así. Siempre, como aquel hombre del que habla el evangelio (Mt 9, 18-26), hay esperanza. Eso demuestra que aquel hombre creía en Alguien que podía devolvérsela. Para él, la muerte no tenía la última palabra…

E invitando a que leyeran la cita evangélica indicada, agregó:

—Se puso de rodillas ante el Señor y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá» …

Sin pestañear y de inmediato, añadió:

—La esperanza, a pesar de la dureza de las situaciones del padre que ha perdido a su hija y de la mujer marcada por su enfermedad, no los paraliza ni los lleva a la desesperación…

Los miró con ojos de fe y de confianza y, animándolos, concluyó:

—Los moviliza, los pone en marcha y les hace acercarse a Jesús. Y la esperanza renace, se hace realidad…

Regresando a su lugar, terminó con estas palabras:

—¿Estamos nosotros convencidos de que Dios nos escucha y, aunque su Voluntad no coincida con la nuestra, siempre nos dará la esperanza para seguir adelante?

El silencio que reinaba y las cabezas inclinadas hablaban por sí solos.

domingo, 5 de julio de 2026

IDEALES DE PERFECCIÓN

Cuando, serenamente, tratamos de contemplar la trayectoria de nuestra vida, descubrimos muchos momentos en los que hemos sido presa de nuestras responsabilidades, obligaciones y expectativas, hasta el punto de llegar a asfixiarnos y perder la paz.

Esa era la obsesión de Rodolfo: hacerlo todo bien, incluso de manera perfecta y, sin darse cuenta, se proponía metas imposibles. Somos seres humanos que, queramos o no, llevamos el sello de la imperfección como parte de nuestra condición humana.

Abrumado por ese desgaste, añadido a la angustia por el futuro, Rodolfo puso la mirada en Manuel y, buscando una salida de alivio, le preguntó:

—Manuel, ¿qué piensas sobre el deseo de alcanzar la perfección? ¿Te parece eso posible?

Manuel se dio la vuelta y, con una mirada extrañada, le miró con esperanza. Entonces, con dulzura le dijo:

—Nadie es perfecto, aunque muchos quieran aparentarlo. El hombre nace desnudo y toda su vida consiste en avanzar, con esfuerzo constante, hacia la perfección.

Hizo un silencio, levantó sus ojos y, con una expresión de gozo, añadió:

—Y aunque sabe que es de barro y le será imposible lograrlo, su ruta está marcada hacia ese objetivo…

Entonces, poniendo fuerzas en sus palabras, agregó:

—Porque ese es su destino…

Guardó un breve silencio y siguió.

—No lo digo yo, lo dijo Jesús: «Sean perfectos como mi Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48)

Volvió a pararse. Hizo una breve pausa y, con mucha serenidad y sin dejar de mirarle, comentó:

—No se trata de hacer todo bien, sino de amar todo lo que puedas sin límites. Esa es la perfección a la que estamos llamados a alcanzar…

Y bajando su mirada, susurró

—Y todos sabemos que tendremos muchos fallos, errores y debilidades. Solos, imposible, pero con Jesús encontraremos descanso y perseverancia para avanzar en ese camino a pesar de nuestros tropiezos.

Abrió la Biblia y concluyó:

—En Mateo 11, 25-30 pueden encontrar ese pasaje evangélico donde Jesús termina diciéndonos:  

Y elevando la voz dijo:

—Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

La cara de Rodolfo mostraba que había recogido el mensaje que Manuel le había dado.

sábado, 4 de julio de 2026

AMOR Y MISERICORDIA

Mt 9, 14-17

En muchas ocasiones nos apartamos de otros porque no entendemos su manera de actuar. Estamos cerrados a las nuestras y todo lo que se realice de otra forma nos choca.

—¿Entiendes, Manuel —dijo Pedro— el porqué a muchos no les interesa lo que dicen y hacen otros?

Algo extrañado y, encogiéndose de hombros, Manuel respondió:

—Supongo que porque esas diferencias cuestionan las suyas. Cuando te ves diferente a otros, tratas de darle más importancia a lo tuyo…

Hizo un breve silencio y, convencido de lo que decía, argumentó:

—Creo que les cuesta reconocer que Dios también puede actuar de una manera distinta a la que ellos esperan.

Pedro, algo molesto, arremetió con agresividad:

—Pero la Ley insiste en la necesidad del ayuno, y…

Manuel con suavidad y ternura salió al paso:

—No se dan cuenta de que cuando el Novio, nuestro Señor Jesús, está entre nosotros, ¿qué necesidad tenemos de ayunar?…

Entonces, con decisión y firmeza, puso los ojos en Pedro y dijo:

—Esa es la cuestión. Admitir que Jesús es el Hijo de Dios, el esperado, y mientras está con nosotros no tiene sentido ayunar…

Hizo una pausa y, abriendo los brazos, agregó:

—De lo que tenemos que ayunar es de todo aquello que nos aparta del Señor.

Guardo un breve silencio y, abriendo los ojos para llamar la atención, concluyó:

—Porque Él nos ha prometido que estará con nosotros hasta el fin del mundo. De modo que ayunemos de todo aquello que nos impide amar misericordiosamente.

Pedro y sus compañeros guardaron silencio. Habían comprendido que, más que las reglas y las costumbres, lo importante era permanecer con el Señor.

Y es que está entre nosotros.

viernes, 3 de julio de 2026

BIENAVENTURADOS LOS QUE CREEN SIN HABER VISTO

Jn 20, 24-29

Nos cuesta creer en aquello que no hemos visto o experimentado. Ese modo de pensar estaba muy metido en el corazón de Andrés.

«Para creer en algo tengo que verlo y experimentarlo por mí mismo», se decía.

La realidad es que muchos son los que no creen hasta que han visto; sin embargo, la realidad nos dice que también hay muchos que, aun viendo, se resisten a creer.

Es el caso de quienes dejan que sus ideologías o intereses apaguen el sentido común. Incluso, conociendo el mal, miran para otro lado y permiten que se haga.

Andrés defendía a ultranza esa idea: Para creer, hay primero que ver.

Manuel, que le había oído hablar, le dijo:

—No siempre es necesario ver para creer. Cuando lo que te dicen viene de alguien cuya palabra tiene credibilidad, crees sin vacilaciones…

Guardó un breve silencio y añadió:

—¿Acaso si tu padre te dice algo no le crees?

Andrés movió la cabeza para otro lado, buscando donde refugiar su mirada. El corazón le había sobresaltado.

Manuel abrió la Biblia y señalando el evangelio de Juan 20, 24-29, dijo:

—Ocurrió cuando los discípulos estaban reunidos y faltaba Tomás. Habían experimentado la presencia de Jesús, y así se lo transmitían a Tomás…

Hizo una pausa, miró para Andrés y, con ternura, agregó:

—Pero Tomás no acepta el testimonio de los demás. 

Cerró la Biblia, bebió un poco de agua y dejó unos segundos de silencio para que todos reflexionaran.

—Por la Gracia de Dios recibió aquella segunda oportunidad y experimentó personalmente la presencia del Señor…

Suavemente y con paciencia concluyó:

—Su respuesta fue: Señor mío y Dios mío.

Y mirando para todos los allí reunidos, finalizó con estas palabras:

—Jesús termina diciendo: ¿Por qué me has visto, has creído? Bienaventurados los que creen sin haber visto.

Muchos son los que han visto y no creen. Es más, siguen encerrados en sus ideas. 

Ya ocurrió en tiempos de Jesús: muchos vieron sus milagros, e incluso tuvieron noticia de su resurrección, y aun así no se abrieron a la fe. Y hoy continúa sucediendo lo mismo.

Bienaventurados los que creen sin necesidad de haber visto. Bienaventurados aquellos que se fían de la Palabra de Dios.

jueves, 2 de julio de 2026

MALOS PENSAMIENTOS

Mt 9, 1-8

No se trata de cómo vemos las cosas, sino de cómo realmente son. Es cierto que solo las conocemos desde nuestra realidad, con nuestras capacidades y limitaciones; precisamente por eso debemos permanecer abiertos a otras perspectivas y a la verdad que también puede habitar en los demás.

Se suele decir que nadie posee toda la verdad y que todos podemos aportar una parte de ella. Sin embargo, con frecuencia actuamos como si fuéramos sus únicos dueños.

Pedro y los que lo rodeaban comprendieron que, cuando el corazón está dominado por prejuicios y malas intenciones, la verdad queda oscurecida por la mentira.

Buscar la verdad exige limpieza de corazón y buenas intenciones y deseos de justicia.

Pedro y los que lo rodeaban comprendieron que, cuando el corazón está dominado por prejuicios y malas intenciones, la verdad queda oscurecida por la mentira.

En nuestras relaciones podemos acoger, aceptar o rechazar a los demás. Cuando el corazón está cerrado, casi siempre acabamos rechazando aquello que cuestiona nuestra manera de pensar.

Y cerrados a la verdad de los otros, siempre elegimos la actitud de rechazar. Nos preguntamos: ¿Estamos nosotros también en esa actitud?

miércoles, 1 de julio de 2026

SOLO CON EL SEÑOR SERÁS CAPAZ DE CRECER EN AMOR Y MISERICORDIA

Mt 8, 28-34

Cuando conviertes tus ideas en un muro, terminas aislándote de quienes te rodean.  Y sin comunicación te será imposible vivir. El hombre ha sido creado en relación, no para vivir aislado.

Y, evidentemente, también existen espacios del corazón humano en los que nadie puede entrar si la persona no abre la puerta.

Mientras Pedro oía hablar de esa manera a Manuel, algo se le retorció en su interior.

«¿Estaría él aislado de los demás?», pensó.

Este contraste entre la paz y la tormenta, el miedo y la esperanza, nos muestra que el Señor desea que dejemos de sufrir, algo imposible si nos cerramos en la incomunicación.

Pedro empezó a darse cuenta de que en muchos momentos de la vida, quizá sin darnos cuenta, vivimos aislados, incapaces de comunicarnos y en una actitud de rechazo.

Terminamos viviendo como extraños, incapaces de acoger el cariño de los demás, comunicándonos únicamente desde el sufrimiento y la desesperanza.

Solo en el Señor seremos capaces de crecer y de avanzar en paciencia, comprensión, humildad, mansedumbre y bondad. Solamente Él puede transformar nuestro corazón.

martes, 30 de junio de 2026

¿DÓNDE PONES TU MIRADA?

Mt 8, 23-27

Hay momentos en que la vida se te complica y todo cambia en breves segundos. Y, en muchos casos, esa sensación se prolonga hasta inundarte de un pesimismo que te lleva a vivir con miedo.

Son esos momentos cuando miras para todos lados. Incluso recorres con tu mirada los rincones de la barca de tu vida, y nace la esperanza al descubrir a Jesús.

Ese Jesús que has dejado olvidado en un rincón de tu alma como si fuera algo en desuso, o quizá, por si acaso, para un momento de apuro.

Y llega el día inesperado. La barca de tu vida empieza a zozobrar. Hace viento; la tormenta arrecia; las olas arrasan y todo se vuelve inestable. Hay amenaza de hundirse y peligro de muerte.

El miedo te invade y no encuentras solución para escapar del inminente peligro.

 ¡Socorro, socorro…!

¿Qué hacer? ¿A quién pedir socorro?

Entonces recuerdas que has dejado en un rincón de tu alma a ese Jesús que, sin perturbarse, aparentemente dormido, espera tu súplica y que vuelvas los ojos hacia Él.

(Mt 8,23-27):… «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». Él les dice: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» …

Todos hemos experimentado que después de la tempestad llega la calma. Pero también sucede que, aun cuando la tormenta ha pasado, nosotros seguimos viviendo como si continuara.

Nos dejan tan afectados e inestables que seguimos perdiendo pie, incluso cuando estamos en tierra firme.

Vivir en estado de crisis constante, convencidos de que todo terminará mal, no es vida.

Hay esperanza; fija la atención y dirígela a ese lugar de tu vida donde Jesús, aparentemente dormido, espera tu llamada, tu confianza y tu permiso para actuar en tu vida.

Porque te ha creado libre para que vivas en Él y superes, a su lado, todos los peligros que te impiden eso que realmente buscas: paz y felicidad.

Como desde el principio, Dios pone delante de nosotros la elección: la vida o la muerte. También hoy nos invita a elegir dónde ponemos la mirada.